Ni atormentado en el potro por el Santo Oficio, el flamenco Simón Pereyns se desdijo de una blasfemia, por lo que fue sentenciado a pintar el célebre retablo
Sucedió en la calle del Arzobispado, hoy de la Moneda, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Muchos escuchamos de nuestras abuelas, éstas a su vez de sus abuelas, y así sucesivamente a lo largo de casi cinco siglos, la conseja de La virgen del perdón que existe en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, refirió el historiador mexicano Luis González Obregón (1865-1938).

Esta conseja rezaba: “La imagen que contemplamos en el altar que está tras del coro, que tiene a sus lados al señor San José y a la señora Santa Ana, cubierta de magnífico cristal y con marco de plata, fue pintada en una puerta muy antigua que perteneció a un calabozo de la Inquisición. ¿Quién la pintó y cómo?
En la publicación Las calles de México. Leyendas y sucedidos, vida y costumbres de otros tiempos, González Obregón relató, con su crónica característica, que hace muchos años, ¡pero muchos! tantos, que ya nadie se acuerda de ello; allá, cuando no había presidentes, sino virreyes, capitanes generales, cuando la gente era más devota, y más rica y más feliz, hubo un judío que por sus malas mañas fue preso por la Inquisición.
¿Arrepentimiento milagroso?
Malo como era, ese judío sabía pintar porque Dios es misericordioso hasta con sus enemigos y a todas las criaturas dispensa sus favores.
El judío, preso en su calabozo, sin hablar con nadie, pues únicamente se comunicaba con sus semejantes a la hora en que se presentaba a los jueces, y cuando el carcelero le llevaba de comer, no tenía ocupación alguna, ni sabía rezar más que las oraciones judaicas. Así vivió mucho tiempo.

Cierto día pidió pinceles y colores para distraerse del fastidio. No le negaron tan inocente diversión, y él, que cuando estaba libre visitaba por curiosidad los templos de Europa, conoció en las iglesias muchos cuadros de vírgenes y santos, y se le ocurrió pintar en la puerta de su calabozo la imagen de una virgen que había atraído su atención.
Preparó los colores, tomó el pincel y recordando aquella santísima virgen, de rostro tan dulce y tan devoto, que solo el verla un instante invitaba a la oración; impresionado por aquella fisonomía tan cariñosa que conquistaba corazones, comenzó a pintar y a pintar hasta concluir el cuadro.
Una vez que el carcelero, para llevarle agua y alimentos entró al calabozo, el judío le mostró su obra con la complacencia natural del que se siente satisfecho de haber ejecutado una cosa buena.
Aunque rudo e ignorante, el carcelero quedó admirado ante la lindísima pintura. Conmovido comunicó a los inquisidores lo que había visto y estos fueron al calabozo, y seducidos ante la belleza de la imagen manifestaron al judío que aquel era un patente milagro, que se arrepintiera de sus culpas y le otorgarían el perdón.
Lloró el judío, confesó sus pecados, abjuró de su ley, y puesto en libertad, fue un buen cristiano.
La pintura se colocó desde entonces en la Catedral y el pueblo la llamó La virgen del perdón.
Con otras palabras, con más o menos detalles contaban las abuelas esta conseja, al par que el vulgo la creía como artículo de fe.
Simón el blasfemo
Pero la citada imagen que existe en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, no se llamó así por el milagro, sino por haberse colocado en el Altar del perdón que es costumbre consagrar a las ánimas del purgatorio en las catedrales; ni fue obra de un judío.

Es triste despojar a la tradición de sus encantos, como es doloroso deshojar las frescas flores de un jardín; pero la historia es, si se quiere, inhumana, la crítica implacable, y la verdad se impone porque siempre es más hermosa, aun desnuda de poéticos adornos.
Los curiosos datos que aparecen en estos renglones se encontraron en un viejo manuscrito de caracteres casi ininteligibles del siglo XVI.
En una causa original, que poseía el erudito don José María de Agreda y Sánchez, y que se formó en la época de don Alonso de Montufar, segundo arzobispo de México, quien fungía como inquisidor en Nueva España, aunque se ignora si tuvo tal título, pues solo se sabe que fue calificador del Santo Tribunal de Granada.
Lo cierto es que celebró autos de fe, y que existen procesos de su tiempo, tocantes a este asunto, como el que se siguió a Simón Pereyns, por blasfemo. Simón Pereyns, en su declaración rendida el 14 de septiembre de 1568, confesó que era hijo de Fero Pereyns y Constanza de Lira, de nacionalidad flamenca, natural de la ciudad de Amberes, donde sin duda pasó su niñez y juventud.
Que de allí se trasladó a Lisboa, después a Toledo, lugar en que se hallaba a la sazón de la Corte; y tal vez con esperanza de hacer fortuna con su arte, pues era pintor, vino a Nueva España en compañía del virrey don Gastón de Peralta, marqués de Falces.
¿Cuál pecado?
Estando un día en Tepeaca, conversando amigablemente con Francisco Morales, también pintor, y con la mujer de éste llamada Francisca Ortíz, se movió plática acerca de los amancebados, y Pereyns, a lo que parece, afirmó que no cometían pecado quienes vivían una relación marital sin matrimonio de por medio.
Le contestó Morales que no dijese tal cosa; que por menos, en España había visto castigados a otros por el Santo Oficio, y que era conveniente se acusara a su director espiritual. Replicó Pereyns: Será pecado venial, y bueno seré yo en contárselo a mi confesor.
Morales, que refirió lo anterior como testigo, dice que el bendito de Simón le aseguró también que solo pintaba retratos de personas, porque mejor gustaba de esto que de hacer imágenes de santos.
Pero sea que la conciencia le remordiera, sea que las contestaciones de su colega Morales lo convencieran, lo cierto del caso fue que el cándido de Simón Pereyns, estando en México, se denunció a sí mismo, el 10 de septiembre de 1568, ante fray Bartolomé Ledesma, gobernador de la Mitra.
En la declaración que rindió el día 14 -ya citada- se le preguntó “si entre sus ascendientes había tenido judíos o penitenciados por el Santo Oficio”, y contestó que no sabía haberlos tenido.

Preguntado si sabía el motivo de estar preso en las cárceles del Arzobispado, contestó que por haberse denunciado él mismo y por haber dicho, según lo interpretaba Morales, que no pecaban los amancebados; pero que como no entendía bien la lengua castellana y se expresaba en ella con dificultad, sin duda se habían entendido mal sus palabras.
Que respecto a que asegurase que “mejor pintaba retratos que imágenes”, declaró que en efecto, así lo había escrito a su padre; pero sin malicia, pues si daba preferencia a aquellos sobre las últimas, era porque se los pagaban mejor.
Ni el potro lo disuadió
Confesión tan sincera como candorosa, fue suficiente para que el provisor don Esteban de Portillo continuara la causa, en la que depusieron muchos testigos, entre ellos pintores; y como sus relatos se juzgaron desfavorables a Simón Pereyns, el 1 de diciembre del mismo año fue sometido a la prueba del tormento.
Se le notificó esto, y dijo que afirmaba en su “dicho”. Mostráronle el potro y el agua, instrumentos de tortura, y continuó en su “dicho”. Desnudado y estando en camisa y zaragüelles, repitió su “dicho”, y en su “dicho” se aferró colocado ya en el potro.
En fin, atormentado, soportó tres vueltas y tragóse tres jarros de agua, sin haber querido retractarse de su “dicho”. Simón Pereyns, como se le decía en la jerga inquisitorial, venció al tormento, pues nada agregó de nuevo a lo que había confesado en sus primeras declaraciones.
Tres días después, se pronunció sentencia definitiva; y como documento curioso e inédito, original por su contenido, y bárbaro… por su ortografía, es digno de que se estampe aquí:

“En el pleito criminal, que ante mi pende y se ha hecho de officio por lo tocante al Sto. Officio, contra simon pereins, flamenco, preso en la carcer de este Arzobispado, sobre las palabras que el dicho simon pereins dixo sobre que le está hecho cargo: «ffallo, atento los autos y méritos deste proceso a que me refiero, que por la culpa que dél resulta, contra el dicho simon pereins, pinte a su costa el retablo de nra. señora de la mrd. desta sta. iglesia, muy deboto y a mi contento, y que en el ynterin que el dicho retablo pinta, no salga desta ciudad en sus pies ny en agenos, so pena que será castigado rigurosamente; y más le condeno en las costas deste proceso, y por esta my sentencia definytiba, juzgando así, lo pronuncio y mando en estos escritos y por ellos.- El Dor Estevan de Portillo.
“En México en quatro de diziembre de myll y quinientos sesenta y ocho años, se dió y pronunció esta sentencia definitiva, de suso contenida, por el dicho sor. doctor barbosa, provisor y vicario general de este Arzobispado de México, por presencia de mi joan de avendaño, notario público apostólico y de la audiencia deste Arzobispado de méxico.- testigos- el bachiller villagomez y juan de vergara.- johan de Avendaño”.
Amén, amén…

En el mismo día, mes y año, se le notificó al reo la anterior sentencia y dijo que consentía y consintió, aunque no sabemos si de buena o mala gana, pues el pobre flamenco, a más no poder y por librarse de mayores sustos, a todo contestaba amén, con la conformidad del ahorcado.
Como se ve, el artista pintó el retablo de Nuestra Señora de la Merced de la primitiva Catedral, cuadro que aún se conserva en el Altar[M1] del perdón de la actual metropolitana iglesia.
La sentencia demuestra la “equidad y misericordia” de aquellos viejos jueces. Que Simón no quería hacer imágenes, pues que pinte el retablo de un altar; que gusta más de hacer retratos porque se los pagan mejor, pues que pinte gratis et amore (gratuitamente) en nuestra santa Catedral. ¿Y las costas? Apurado debe haberse visto para satisfacerlas. ¡Qué tiempos! ¡Qué costumbres!
En 1967, un incendio en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México destruyó aproximadamente 80 por ciento del Altar del perdón, el cual fue intervenido para su restauración entre 2000 y 2010, según el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
Fuente:
Las calles de México. Leyendas y sucedidos, vida y costumbres de otros tiempos. Luis González Obregón. Editorial Porrúa. México. 1993. p. 12. 13. 14.











