La Corte española resolvió desterrar a las Indias una campana manufacturada en 1530, tras conmocionar a un pueblo, con su repique a todo vuelo sin que hubiera quien la accionara
En una noche más en un pueblo de España, la gente estaba en el sueño profundo, cuando éste fue interrumpido por un fuerte e insistente repique de una de las campanas de la iglesia, que hizo despertar con sobresalto hasta los gallos, perros, ovejas y bueyes.
Ese acontecimiento sobre la campana hecha por el maese Rodrigo me Fecit en 1530, caso que se conoció después en Madrid, donde causó revuelo entre las autoridades de justicia, y que tuvo su desenlace en México, dio cuenta el historiador Luis González de Obregón, en Leyendas y sucedidos, vida y costumbres de otros tiempos, de la siguiente manera:
La campana fue, pues, más antigua que nuestro Palacio (Nacional); y su origen y venida a México son una conseja, que cierta o no, referiremos a continuación, por ser original y curiosa. Y va de cuento.
Fue el caso que, en un pueblecillo de España, cuyo nombre no consigna la historia, había una iglesia con su respectiva torre, y en ésta varias campanas, de las cuales solo ha pasado a la posteridad la hecha por maese Rodrigo.
Pues señor, una noche, por más señas de la temporada de Pascua, dormía el pueblo cubierto por la obscuridad, sin que el menor ruido lo despertase, cuando de repente, a las 12:00 poco más o menos, comenzó a tocar la campana susodicha; pero tan recio como si estuviera atacada de una excitación nerviosa la persona que la hacía sonar.
Tocarse la campana y alborotarse el pueblo fue todo uno. Cantaron los gallos, ladraron los perros, balaron las ovejas y mugieron los bueyes; se encendieron luces por todas partes, se abrieron puertas y ventanas, y los beatíficos y pacientes vecinos comenzaron a levantarse y a preguntar qué era aquello.
¡Quién arrojó las sábanas del lecho lo más pronto que pudo, figurándose que se trataba de una quemazón, quién se persignó devotamente creyendo que había aparecido en el cielo una culebra de agua, quién por último, conspirador empedernido, pensó que la causa de los suyos había triunfado y que entraban victoriosos en el pueblo!
Indagatoria de cura, alcalde y alguaciles
Sin embargo, el sobresalto y terror aumentó muchísimo, cuando se convencieron de que el repique no era producido por ninguna de esas causas, y cuando escucharon que la campana seguía tocando, loca, frenética, como si cien legiones de diablos agitaran la cuerda que pendía de su badajo, todos, sin distinción de sexos ni edades, fueron al cementerio de la iglesia, llevando en persona al señor cura, al señor alcalde y a sus mercedes los alguaciles.
Y cuando hubieron llegado, el señor alcalde a la cabeza de sus esbirros, se dirigió con calor a la torre, cuya puerta podrida y apolillada, cedió a sus primeros empujes; entró, subió la escalera, llegó al cuarto del campanero, y aquí su admiración fue indescriptible, “al ver que ni allí ni en la torre y bóvedas había alma viviente, a excepción de un gato que no pudo tocar la campana”.
Recorrió una y muchas veces aquellos sitios sin hallar la causa del repique, y cansado, “replegó sus fuerzas”, no sin dejar un centinela de vista a la entrada de la torre. Salir la autoridad, interrogarlo los vecinos, no responder satisfactoriamente, y aumentar el pánico, fueron cosas simultáneas. El suceso era único, sorprendente, maravilloso.

Lloraban a lágrima viva los muchachos y las mujeres, principalmente las ancianas pedían al señor cura, postradas de rodillas, que conjurase a la campana, que la rociase de agua bendita, pues estaba posesa del demonio; y que éste había enviado una cohorte de espíritus malignos para que dieran aquel convulsivo y violento repique.
Mucha tinta gastaríamos si quisiéramos pintar la agitación de los habitantes del pueblo en aquella memorable noche, y para no fastidiar diremos que después del repique ya nadie pegó los ojos, venciendo el temor al sueño.
Al día siguiente, el señor alcalde citó a los principales vecinos y levantó una información que dio este resultado: que el campanero no había dormido esa noche en la iglesia y que la campana había tocado sola. Para aquellos tiempos el caso era grave, delicado, trascendental, y se convino remitir el expediente a la Corte.
En Madrid fue inmenso el ruido que causó la campana: gacetas, mercurios y diarios no hablaron de otra cosa en muchos días. Se remitió el expediente al Consejo, y éste lo pasó al fiscal para que diera su dictamen.
Intervención del diablo
“El fiscal -dice un autor antiguo- se impuso seriamente de todos los pormenores, registró sus grandes volúmenes de derecho y algunos de la historia nacional y extranjera; escribió, borró y volvió a escribir; y al cabo de algunas semanas, el formidable dictamen tenía una resma (conjunto de 500 hojas) de papel.
“¡Qué erudición tan selecta y peregrina! ¡qué abundancia de citas y leyes! ¡qué reflexiones tan oportunas y profundas! ¡qué argumentos tan urgentes! ¿qué estilo tan fluido, tan espontáneo, tan preciso! Basta saber que no hubo campana o esquila de que no diese el fiscal la historia más exacta: habló hasta de las campanas de Turquía en donde, según autores, no se conocen. De todo esto concluyó que el diablo tuvo una parte directa o indirecta en el asunto”.
Se citó el día para la audiencia. El fiscal comenzó a leer el expediente: a las cuatro horas tenía la boca seca y los ojos bizcos, por lo cual los jueces ordenaron suspender la lectura. Duró ésta cuatro días y al fin llegó la hora de discutir entre los magistrados, los cuales, después de seis horas de acalorados debates, convinieron en aprobar el pedimento fiscal en todos sus puntos, y “vinieron los jueces en acordar y acordaron, en mandar y mandaron”:
1.- Que se diera por nulo y de ningún valor el repique de la campana.
2.- Que a ésta se le arrancara la lengua o badajo para que en lo sucesivo no osase sonar motu propio y sin auxilio del campanero.
3.- Que saliese desterrada la campana de aquellos dominios para las Indias.
Previas las formalidades del caso, la sentencia se ejecutó en todas sus partes. La campana, sin lengua o badajo, fue embarcada en un navío de una de tantas flotas que partían a Nueva España.
Llegó a México donde debía extinguir su condena, y aquí estuvo arrinconada en un corredor de Palacio Nacional, en el cual todos la contemplaban con “admiración y respeto”.
El virrey don Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, primer conde de Revilla Gigedo, concluyó la reposición del Palacio comenzada en tiempo de otro virrey, Tomás de la Cerda, y considerando que aquella campana no podía estar ociosa, pero sin atreverse a ponerle badajo por no contravenir las órdenes de España, la destinó a ser colocada arriba del reloj, en cuyo sitio muchos la conocieron, pues no fue quitada de allí sino hasta diciembre de 1867.
Entonces se mandó fundirla; mas al verificarlo se descompuso el metal, y así acabó la histórica campana, que duró 337 años, que dio origen a una célebre información y a un originalísimo destierro. ¡Que el fuego le haya sido leve!












