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De la Noche Triste a San Judas Tadeo

Juan Jesús Cadena Bautista Por Juan Jesús Cadena Bautista
julio 10, 2022
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De la Noche Triste a San Judas Tadeo
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El templo de San Hipólito, dedicado hoy a San Judas Tadeo, tuvo su origen en la Noche Triste y fue símbolo para los españoles de la caída de Tenochtitlan

Don Francisco Cervantes de Salazar, quien fue rector de la Real y Pontificia Universidad de México, afirma en su crónica que:

“En memoria de los muchos españoles que al pasar de esta penúltima puente (la cortadura o foso que allí estaba para defensa de la calzada que unía la tierra firme con la ciudad azteca) murieron en aquel propio lugar donde fue la mayor matanza (la de La Noche Triste), después de conquistada y ganada México y de los que escaparon de no quedar allí, que se decía Juan Tirado, hombre de ánimo y muy cristiano, devoto de San Acacio y de los 10 mil mártires sus compañeros, en reverencia de ellos edificó una capilla que hoy llaman De Los Mártires… el cual en sus postrimerías y fin de sus días murió bienaventuradamente”, en1554.

La Iglesia de San Hipólito, ubicada en avenida Hidalgo y Paseo de la Reforma, fue fundada por Hernán Cortés y sus compañeros de armas, dedicándola a ese santo para hacer recuerdo del 13 de agosto que es el que le consagra la Iglesia, fecha en que fue ganada la ciudad.

Carlos V, en la cédula del 22 de julio de 1547, mandó que “en aquella iglesia en cada año se hiciese conmemoración de las ánimas de los que allí y en la conquista de la tierra habían muerto”.

El templo fue precioso, mas para 1601 estaba tan destruido que los buenos Hermanos de la Caridad, encargados de la asistencia del Hospital de San Hipólito, tuvieron la necesidad de aderezar una sala para que sirviera de iglesia, pero el ayuntamiento prometió hacer un templo magnífico a su costa y lo edificó, en efecto, aunque con lentitud pues se concluyó hasta 1739 y se estrenó con gran fiesta, años más tarde, el 20 de enero de 1777, tal y como está ahora.

Para recordar a la ciudad la toma del México gentilicio, se celebraba todos los años el citado 13 de agosto, una solemne y lúcida función que era, a la vez, religiosa y civil.

Luminarias, toros, caballos…

Se mandó que se solemnizara mucho ese día, que hubiera luminarias, se corrieron toros, se jugaron cañas, y que cabalgasen todos lo que tuvieran caballos, pena de crecida multa si no lo hacían.

Esta ceremonia se le llamó El Paseo del Pendón, y la celebraban también en otras ciudades de las indias, y señaladamente en Lima, el día de la Epifanía.

El orden que debía guardarse en el paseo fue materia de varias disposiciones reales, con las que se formó una de las Leyes de las Indias, la 56, título XV, del libro III. A inicios del siglo XVII, don Juan Díaz de Arce escribió lo siguiente:

“Tiene ya esta fiesta tan gran descaecimiento (1615) como muchas otras cosas insignes que había en México, y aunque uno u otro año, por la diligencia e industria del regidor que saca el Estandarte Real, se adelanta mucho, en ninguna manera puede llegar a lo que antiguamente, aunque se pudieran nombrar algunos regidores que en esta era han gastado más de 22 mil pesos y adelantar y celebrar por su parte esta festividad más para se crea lo que fue cuando se vea lo que es al presente, será bien traer a la memoria algo de la descripción que a lo retórico hizo el padre fray Diego de Valadés en la parte IV, capítulo 23, de su retórica cristiana, que vio en México lo que algunos años después escribió en Roma en latín, año de 1578.

Dice lo siguiente: “En el año de nuestra rendición humana de 1521, el mismo día de San Hipólito, 13 de agosto, fue rendida la Ciudad de México, y en la memoria de esta hazaña feliz y grande victoria, los ciudadanos celebran fiesta y rogativa aniversaria en la cual El Pendón con que se ganó la Ciudad.

Sale esta procesión de la Casa del Cabildo hasta un lúcido templo que está afuera de los muros de la Ciudad de México, cerca de Las Huertas, edificado en honra de dicho santo, a donde se está ahora edificando un hospital.

En aquel día son tantos los espectáculos festivos y los juegos, que no hay cosa que allí llegue (ut nihil supra o nada arriba): Juéganse toros, cañas, alcancías, en que se hacen entradas y escaramuzas todos los nobles mexicanos: sacan sus libreas y vestidos, que en riqueza y gala son de todo el mundo preciocísimos, así en cuanto son adornos de hombres y mujeres, como en cuanto a doseles y toda diferencia de colgaduras y alfombras con que se adornan casas y calles.

¿Cómo era el Paseo del Pendón?

Cuanto a lo primero, le tocaba a uno de los regidores cada año sacar El Pendón en nombre del Regimiento y de la ciudad, a cuyo cargo está el disponer las cosas. Este Alférez Real va en medio del virrey, que lleva la diestra, y del presidente que va a la mano siniestra. Van por su orden los oidores, regidores y alguaciles, y casi todos los nobles y hombres buenos.

Va el Alférez armado de punta en blanco, y su caballo a guisa de guerra, con armas resplandecientes.

Todo este acompañamiento de caballería, ostentando lo primoroso de sus riquezas y galas costosísimas, llega a San Hipólito, donde el arzobispo y su cabildo con preciosos ornamentos comienza las vísperas y las prosiguen los cantores en canto de órgano, con trompetas, chirimías, sacabuches y todo género de instrumentos de música, acabadas, se vuelve, en la forma en que vino, el acompañamiento de la ciudad, y dejando el virrey en su palacio, se deja el Pendón en la Casa del Cabildo.

Van a dejar al Alférez a su casa, en la cual los del acompañamiento son abundante y exquisitamente servidos de conservas, colaciones, y de los exquisitos regalos de la tierra. Abundantísima de comidas y bebidas, cada uno a su voluntad.

Arcos triunfales

El día siguiente, con el orden de la víspera, vuelve el acompañamiento y caballería a la dicha iglesia, donde el arzobispo mexicano celebre de pontificial la misa. Allí se predica el sermón y oración laudatoria con que se exhorta al pueblo cristiano a dar gracias a Dios, pues en aquel lugar donde murieron mil españoles (ubi millia virorum decubuere odonde yacen miles de hombres) donde tanta sangre fue derramada, allí quiso dar la victoria.

Vuelve el Pendón y la Caballería, como la víspera antecedente. Y en la casa del Alférez se quedan a comer los caballeros que quieren. Y todo el día se festeja con banquetes, toros y otros entretenimientos”. Hasta aquí Valadés. 

“En la víspera y día de San Hipólito se adornan las calles y plazas desde el palacio hasta San Hipólito, por la calle de Tacuba a la ida, y por las calles de San Francisco (ahora avenida Madero) para la vuelta, de arcos triunfales de ramos y flores, muchos sencillos y muchos con tablados y capiteles con altares e imágenes, capillas de cantores y ministriles, sacábanse a las ventanas las más vistosas, ricas y majestuosas colgaduras, asomándose a ellas las nobles matronas, rica y exquisitamente aderezadas.

Para el paseo, la nobleza y caballería sacaba hermosísimos caballos, bien impuestos y costosísimamente enjaezados; entre los más lozanos (que entonces no por centenares, si por millares de pesos se apreciaban) salían otros no menos vistosos, aunque por lo acecinado pudieran ser osamenta y desecho de las aves, aunque se sustentaban a fuerza de industria contra naturaleza, que comían de la Real Caja Sueldos Reales por Conquistadores, cuyos dueños, por salir aquel día aventajados (por retener el uso del Pendón Antiguo) sacaban también sus armas, tanto más reverendas por viejas y abolladas, que pudieran ser por nuevas, bien forjadas y resplandecientes.

Ostentaban multitud de lacayos, galas y libreas, clarines, chirimías, y trompetas endulzaban el aire. El repique de todas las campanas de las iglesias, que seguían las de la Catedral, hacían regocijo y concertada armonía”. 

“Como esa solemnidad –dice el historiador Joaquín García Icazbalceta en una de las notas que pone al diálogo tercero del escritor Francisco Cervantes de Salazar-, se verificaba en lo más fuerte de la estación de las lluvias, sucedía a veces que la comitiva, sorprendida por el agua, se refugiaba en los primeros zaguanes que encontraba abiertos, hasta que pasada la tormenta, continuaba su camino.

Digna actitud de los indios

Sabido por el Rey, despachó una cédula en términos muy apremiantes, prohibiendo que tal cosa se hiciera, sino que a pesar de la lluvia continuase la procesión, y así se cumplió”. 

Por ser muy grandes los gastos que la fiesta ocasionaba, el regidor encargado de llevar El Pendón, el ayuntamiento lo ayudaba con tres mil pesos de sus propios. Así y todo, se negaban los regidores a sacar El Pendón Real. No se sabe por qué era esa formal resistencia al ejercicio de un acto honroso en la persona en quien recaía.

Andando el tiempo vino muy a menos el brillo de esta conmemoración anual de la conquista, tanto, que en 1745 el virrey Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, por orden de la corte, hubo de imponer una multa de 500 pesos a todo caballero que siendo convidado dejase de concurrir sin causa justa.

La ceremonia, que en sus principios fue muy lúcida, con esmerada suntuosidad, vino después a ser ridícula, cuando el paseo se hacía ya en coches y no a caballo y El Pendón iba asomado por una de las portezuelas del carruaje del virrey. 

Los indios asumieron siempre una actitud altiva y digna durante el desfile de la brillante comitiva; no se veía a ninguno en las calles por donde pasaba, pues era recordarles la conquista que los sojuzgó, con sus matanzas y demás horrores.

El primer Paseo del Pendón se efectuó con inusitado boato en agosto de 1528; y fue abolido por las Cortes Españolas el 7 de enero de 1812 y de esa fecha en adelante siguieron asistiendo a San Hipólito el virrey, la Real Audiencia y las demás autoridades como a cualquier otra función de tabla y así hasta la Independencia.

Fuentes:

Archivo del INAH, Catálogo de Bienes Inmuebles Históricos.

Archivo del INAH, Inventario Arquitectónico e Histórico.

Artemio del Valle-Arizpe. Por La Vieja Calzada de Tlacopan.

Lucas Alamán, Historia de México.

Declarado Monumento Colonial el 6 de marzo de 1964.

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