Derruida la construcción y condenado a muerte su propietario por “traición” al rey Felipe II, ese predio del actual Centro Histórico fue botica, cantina, librería…
Por mandato de la Real Audiencia, las extensas casas de los Ávila, que eran las que confluían en la hoy demolida esquina que formaban las calles de República de Guatemala y de Argentina, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, antes llamadas Santa Teresa la Antigua y el Reloj, respectivamente, las pusieron todas por el suelo sin que se viera de ellas una piedra encima de la otra.
El llano solar que quedó con el derribo, se dispuso que fuese arado y se sembrara todo él de sal y que en un poste de piedra se fijara este padrón de ignominia escrito en una losa, con grandes letras, fáciles de leer a distancia:
“Estas casas heran de Alonso de Ávila Alvarado/ Vezino desta ciudad de México/ el cual fue condenado a muerte por traidor/ i fue esecu-/ tada en su persona la sentencia en la/ plaza pública/ de esta ciudad le mandaron derribar estas casas/ que fueron de su morada/ Año de 1566”.
Lo anterior lo retomaron el historiador y escritor Artemio de Valle-Arizpe, en La casa de los Ávila, y Gabriela Sánchez Reyes, profesor investigador en Coordinación Nacional de Monumentos Históricos INAH, en el boletín de Monumentos Históricos El padrón de Alonso de Ávila Alvarado de 1567 y el templo de Huitzilopchtli.

Predio para universidad
Por real cédula de Felipe II enviada a su virrey Martín Enríquez de Almanza, se mandó que el suelo en el que estuvo levantada la casa de los Ávila Alvarado se diera a las escuelas, que era así como se le decía a la naciente universidad, para erigir ahí un edificio con sobrada amplitud, ya que no tenían residencia propia y andaban de alquiler, pero eso sí, con la precisa obligación que al edificarla el padrón de la infamia que estaba dentro del solar se pusiera en la fachada, “en parte que pudiese estar muy exento y descubierto”.
El predio se puso a la disposición del rector de la universidad, doctor Fernando de Robles, quien con majestuoso acompañamiento de doctores de la universidad y de muchas otras personas de alta suposición y con solemnidad de trompetas y atabales, fue al solar cubierto con gran enramada y se le dio la posesión en forma, y en señal de ella se anduvo paseando por el ancho predio, movió tierra y piedras de un lugar para el otro y arrancó matojos de aquí y de allá, en señal de dominio a nombre de la universidad.
Este amplísimo solar fue mercedado al bronco Gil González de Benavides y daba frente a las recias estribaciones que miraban hacia el norte del Templo Mayor de los aztecas. González de Benavides fue quien derribó del templo el ídolo de piedra que representaba a Huitzilopochtli ante la negativa de los naturales que preferían morir antes de cometer tal sacrilegio.
En el acta de cabildo de 22 de febrero de 1527 consta que a Gil Gutiérrez de Benavides se le concedió tal solar, “el cual estaba en esta ciudad, linderos con solar a casas de Alonso de Ávila, su hermano…”
Entre las ruinas del Templo Mayor y el solar referido, quedaba de por medio la Isla de los Perros, así llamada porque como era la parte más alta de la ciudad, allí se refugiaban cuando había inundaciones los canes callejeros y sin dueño, para que no les llegase el agua.
Las monjas y las Leyes de Reforma

Una serie de circunstancias no dieron lugar a que se construyera en el predio la universidad. Este pasó a propiedad de las monjas de Santa Isabel, quienes construyeron ahí dos buenos edificios, uno miraba hacia la calle del Reloj, el otro hacía esquina con ésta y la de Santa Teresa la Antigua, manteniendo en condición la exhibición del patrón ignominioso del predio.
Las monjas isabelinas gozaron de las rentas de esas dos casas hasta que las Leyes de Reforma se las separaron.
Con el tiempo desapareció esta piedra de la ignominia al cubrirla sucesivas capas de mezcla y cal cuando se remozaban los muros; pero al hacer una completa modificación en la casa, hacia mediados de 1897, tropezaron los albañiles con la piedra de la que un curioso ya les había dado puntual noticia de que ahí estaba.
Fue trasladada al Museo Nacional y allí se conservó hasta que en 1928, gracias a la iniciativa de Jorge Enciso, director de Monumentos Coloniales, la piedra regresó al sitio en que por orden real debía ser exhibida.
De la casa a la cárcel de la Inquisición
Habitó la casa de la esquina el desventurado Melchor Pérez de Soto, maestro mayor de las obras de la Catedral, quien por esto “tiraba salario de su majestad”. Pérez Soto era un insaciable bibliófilo, “todo su ajuar lo tenía en libros”.
Su afán de aprender lo llevó a escudriñar en ocultos misterios, saber el pasado, entender el presente y adivinar el futuro. Lo aprehendió la Inquisición encerrándolo en sus cárceles de La Perpetua, hoy Palacio de la Escuela de Medicina. Pasado el tiempo, en su bartolina le pusieron los inquisidores como compañero “para que alivie sus melancolías”, a un tal Diego de Cedillo, atezado mestizo, quien le dio muerte en una cruenta pendencia que tuvieron.
Botica, librería, cantina…
Don Lucas Alamán dice en el tomo II de sus Disertaciones, que ahí estaba la botica de Cervantes y Compañía, llamada Botica del Relox, la que duró abierta muchos años.
Estuvo en esa esquina la Librería Religiosa de un señor Benzinger de apellido, después la del Parnaso Mexicano del conocidísimo Maucci y en seguida se puso una cantina denominada La Fragata, cuyo dueño era Miguel Berriel Schiaffino; esta cantina la compró Pedro Robredo y la clausuró e instaló su famosa librería el año de 1918, la cual fue de las buenas que hubo en la ciudad.

En 1934 la traspasó a José Porrúa e hijos quienes conservaron el prestigio adquirido con el nombre Antigua Librería Robredo. Por el lado de Santa Teresa (calle República de Guatemala), en la última pieza de la casa en cuestión, estuvo instalada la editorial de Antonio Venegas, cuyas ediciones ilustraba José Guadalupe Posada.
Al lado de la librería estaba una agencia de bicicletas y por el lado de Argentina un hotel de mala muerte con el nombre deAmatlán. En el patio de la casa, con acceso por la dicha calle de Argentina, funcionaba un taller de imprenta en el cual se imprimía un periodiquillo dizque de oposición, y cuyo dueño era un licenciado Calderón Mariles, tal vez de nombre Enrique. Es esta la historia del predio hasta mediados del siglo XX.
De manera acertada, se decidió colocar el padrón de Alonso de Ávila Alvarado en la zona arqueológica, empotrada en un muro. De alguna forma está presente la sentencia de 1566, que pregonó que debía permanecer “por siempre que nadie fuese osado a quitarle ni borrarle letra”.
Fuentes:
La casa de los Ávila. Artemio de Valle-Arizpe. Ed. José Porrúa e hijos. México. MCMLX.
El padrón de Alonso de Ávila Alvarado de 1567 y el templo de Huitzilopochtli. Gabriela Sánchez Reyes. Boletín de monumentos históricos. Tercera época. No. 41. Septiembre -diciembre 2017.












