Hace quinientos años y algunos días, Hernán Cortés y sus soldados huyeron de México-Tenochtitlan en medio de una revuelta que había cobrado la vida del tlatoani Moctezuma II y estuvo cerca de acabar con la campaña de los españoles. El 30 de junio de 1520, los sobrevivientes se alejaron de la ciudad por la calzada de Tlacopan, en un camino que los conduciría hacia Tlaxcala para reorganizar sus fuerzas; según la tradición, Cortés hizo una escala en Popotla para llorar la derrota en una piedra situada junto a un ahuehuete. Con el tiempo, este rumbo quedó asociado al relato de la llamada Noche Triste, y aún tiene mucho por contar a quien se adentra en sus calles.
En los primeros años de la época virreinal, aquí se erigió una capilla dedicada a San Esteban que se puede apreciar en un par de fotografías y en una pintura de José María Velasco, ya que fue demolida y reemplazada por el templo de la Virgen del Pronto Socorro, bendecido en enero de 1905. Justo enfrente se encuentra el legendario árbol, que sobrevivió a un incendio en 1872 pero fue destruido por otro fuego en la década de 1980; sus restos se conservan detrás de una reja y son el hogar de una familia de gatos, en una plaza que antiguamente fue un cementerio y hoy es el centro de la identidad local. Alrededor quedan algunas fachadas con más de un siglo de vida, además de una placa que identifica este espacio como Jardín Cuauhtémoc.
Manuel Rivera Cambas agrega la siguiente versión en el libro México pintoresco, artístico y monumental:
“La piedra en que descansó la Noche Triste Hernán Cortés, se había estraviado [sic], permaneció mucho tiempo enterrada en el estribo que detiene la pared de la ermita de Popotla. Una información recibida legalmente al comenzar el año de 1872 y publicada, para averiguar el motivo de que se conservara y guardara la piedra, hizo conocer que seis años antes los vecinos de Popotla quitaron dicha piedra del estribo y la condujeron ya dividida en dos, al pie del ahuehuete que entonces quedaba todavía dentro del cementerio y la pusieron del lado del oriente.”
Lo cierto es que Popotla se convirtió en un lugar idóneo para pasear y establecer residencias de campo, como lo deja ver una nota publicada en el periódico El Siglo Diez y Nueve el 20 de agosto de 1871:
“El porvenir de estos pueblos es grandioso. México tiene que irse ensanchando poco a poco, y la población afluye hacia esos rumbos que forman la parte mas salubre. Aun ahora que los trenes del ferrocarril no mas llegan á Merced de las Huertas se nota ya, los días de fiesta, una concurrencia numerosa que abandona la ciudad para disfrutar de las delicias de aquellos pueblos. [sic]”
El trazo más antiguo sobrevive en torno a la Calzada México-Tacuba: calles como Reina Xóchitl o Mar Blanco, que en otro tiempo fue llamada Hernán Cortés, conservan detalles variados en sus puertas y ventanas. En la avenida Moctezuma, ahora Mar Mediterráneo, las viejas casas conviven con edificios más recientes y los rieles del tranvía se niegan a desaparecer. A unos pasos se encuentran el parque y el callejón de Cañitas, cuyo nombre ha ocupado un lugar en el canon de leyendas capitalinas desde la publicación del libro Cañitas, de Carlos Trejo, que narra una serie de sucesos sobrenaturales ocurridos en la vivienda marcada con el número 51. Este camino sigue siendo “el medio más corto que comunica a Popotla con la Colonia de Santa Julia”, como refirió el diario El Imparcial en 1902; en esa época, su trazo diagonal se extendía hasta la Calzada de San Juanico, que luego fue llamada Felipe Carrillo Puerto.
En los primeros años del siglo pasado comenzó la urbanización de la zona con el fraccionamiento de San Álvaro, que ahora tiene como límite la avenida Cuitláhuac pero inicialmente se extendía al oriente hasta Nextitla. Como recuerdo de este origen, en Mar Célebes 28 aún existe la panadería San Álvaro; esta calle antes se llamó Cuauhtémoc, y en ella vivió el fotógrafo Manuel Ramos. Otro vecino del rumbo fue el compositor Felipe Llera, en cuyo honor fue bautizado el pequeño y tranquilo jardín de Mar Egeo y Mar Arafura, cuadras que décadas atrás fueron conocidas como Juárez y San Felipe. En el libro Microhistorias de Tacuba, Manuel López de la Parra comenta al respecto:
“Mar Egeo, por ejemplo, es una calle paralela a Mar Mediterráneo. Es una calle particularmente alegre, abundan los pequeños comercios […] y además, la atraviesa un jardincillo esmeradamente cuidado, el Jardín Llera, y todo porque allí residió un compositor muy conocido en la década de los 20, Felipe Llera, autor de ‘La casita’, melodía que muy frecuentemente la toca conocida radiodifusora capitalina.”
De paso hay que visitar la biblioteca pública ubicada en la esquina de Mar Mármara y Mar de la Sonda para conocer el mural “Descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo”, pintado por Arnold Belkin en 1988, y aprovechar para comprar el mandado en el mercado sobre ruedas que se instala justo enfrente. Cerca de ahí perduran las huellas de otro desarrollo que nació en la misma época, aunque su nombre se ha perdido; se trata de la Colonia de la Paz, establecida junto al cruce de México-Tacuba y la vía del tren a Cuernavaca, donde la presencia de algunas residencias campestres sigue siendo una ventana al pasado. La más notoria es la que ocupa el número 390 de la calzada, a un costado del Metro Popotla, y ahora alberga un laboratorio.
Caminando hacia el poniente se llega al antiguo Colegio Militar, que en sus inicios fue la Escuela Normal de Profesores, inaugurada por el presidente Porfirio Díaz el 12 de septiembre de 1910. De acuerdo con el diario El País, la ceremonia estuvo amenizada por el joven poeta Rafael Heliodoro Valle y por el compositor Julián Carrillo con su orquesta Beethoven; la crónica también resaltó la arquitectura del lugar, obra del ingeniero Porfirio Díaz Ortega, y en especial “el magnífico salón de actos, que es la dependencia más bonita y bien acabada del edificio”. Dicho espacio aún existe y conserva la decoración realizada por el artista Daniel del Valle, con dos pinturas que incluyen una serie de alegorías como la Enseñanza, la Patria, la Ciencia y la Abundancia. El conjunto pertenece al Ejército desde 1920, y en su interior se filmaron las películas Islas Marías (Emilio Fernández, 1951) y Cuna de valientes (Gilberto Martínez Solares, 1971).
Finalmente, la sección suroeste de Popotla fue parte de la colonia Ahuehuete y Totocalco, creada en la década de 1910 en los potreros del mismo nombre. Para entonces ya existía el primer tramo de Pocito, que mantiene su forma estrecha e irregular y fue prolongada hacia el nuevo vecindario, donde cuadras como Verona, Toledo o Granada dieron paso a una nomenclatura de mares europeos. Por la calle de Mar Azof se llega a la antigua Plaza del Tulipán, que ahora es conocida como Jardín Diana y marca la frontera con Tacuba, una población llena de anécdotas que se ha transformado por completo a lo largo del tiempo.






