Gran parte de productos que abastecían a los habitantes de la Ciudad de México llegaba por ese canal. También era un paseo para sus pobladores y visitantes extranjeros
En 1703, el tesorero de la Casa de Moneda, Francisco de Medina Picazo, ofreció a los virreyes duques de Alburquerque una serie de suntuosas recepciones que duraron varias semanas.
El primero de mayo, el tesorero hizo “aparejar (para la virreina Juana de la Cerda y Aragón) una canoa de doce varas de largo (unos diez metros), cuatro de ancho (3.35 metros) y tres de alto (2.5 metros), muy dorada y con diez remeros vestidos de lampazos de China que costó más de mil pesos”.
La embarcación salió por el Canal de la Viga a las tres de la tarde rumbo a Iztacalco, llevaba música e iba acompañada de varias canoas con “mucha gente”; “volvieron después de las oraciones”, es decir, al anochecer. (Antonio de Robles, “Diario de sucesos notables”, 3 v., México, Editorial Porrúa, 1972, v. III, p. 265.).
De este paseo, uno de los preferidos por los capitalinos y por los visitantes extranjeros, nos queda también una descripción pintada por Pedro de Villegas en 1706, titulada “Visita del virrey Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, y su mujer, al Canal de la Viga”, cuadro que pertenece a la colección del Museo Soumaya.
Aunque en el cuadro no aparecen ni los diez remeros, ni la banda de música ni las múltiples canoas, la pintura corresponde con bastante exactitud a la descripción de Robles: una dorada embarcación se aproxima a la orilla del canal y en ella van el virrey y su mujer, sentados bajo un toldo.
Frente a los virreyes aparecen reclinadas dos damas, tal vez las camareras de la virreina, y una mujer que está a punto de dejar la trajinera.
Una comitiva de guardias luciendo uniformes a la moda francesa recibe a los dignatarios y a su séquito a la orilla del canal.
Sobre la plaza, frente a la pequeña iglesia de Iztacalco, un forlón de camino tirado por cuatro caballos espera a la pareja para llevarlos de regreso a la capital. (Gustavo Curiel y Antonio Rubial, capítulo Los espejos de lo propio. Ritos públicos y usos privados en la pintura virreinal, en el libro “Pintura y vida cotidiana en México, 1650-1950”, México, Fomento Cultural Banamex, 1999, p. 49-153, p. 94 y ss.).
En el óleo de Villegas, en dirección a los volcanes destaca el templo de San Matías con su plazuela, fundado por franciscanos, a mediados del siglo XVI.
Se observa también que al canal lo cruzan, de tramo en tramo, enormes vigas que servían de puentes peatonales (de ahí su nombre) hasta que posteriormente empezaron a construirse los de piedra y metal para soportar el paso de caballos y favorecer la comunicación entre ambas riberas. (“Paseo de la Viga. Frontera Idílica y Social”. Andrés Reséndiz Rodea. Conaculta. INBA. Cenidiap 2013).
El Canal de la Viga fue un importante medio de comunicación lacustre por el cual pasó, desde tiempos muy antiguos, gran parte de productos que abastecieron a los habitantes de la Ciudad de México.
El canal fue conocido en algunos de sus tramos como Acequia Real y Canal Nacional y formó parte del canal México-Chalco.
De acuerdo con un plano de 1877, el canal iniciaba en la población de Chalco, seguía por Xico, después atravesaba el dique deTláhuac (que dividía a los lagos de Chalco y Xochimilco) para unirse con la acequia que comprendía los pueblos deCulhuacán, Mexicaltzingo, Iztacalco y Santa Anita hasta entrar a la Ciudad de México, por la garita de la Viga, y llegaba hasta las calles de Roldán, por el rumbo de La Merced.
De las canoas a los automotores
A finales del siglo XIX y principios del XX, el aumento de población implicó una acelerada ocupación de tierras en esa zona, con fines habitacionales e industriales, así como la necesidad de construir más vías terrestres, lo que afectó la serie de canales al cortar la comunicación de aguas.
Otra causa que influyó en la extinción de los canales fue la entubación del agua de los manantiales y ríos del Valle de México, por lo cual los canales de la Viga, Bucareli y la Ciudadela quedaron sin corriente y con agua estancada, al grado de considerarlos de alto riesgo para la salud de la población.
En 1940, el Canal de la Viga comenzó a ser rellenado y en 1957 fue pavimentado. Con la construcción de la Línea 9 del Metro, en 1984, la Dirección de Salvamento Arqueológico del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) realizó un estudio arqueológico de La Viga.
En la actualidad, queda como único testimonio del Canal de la Viga, la calzada que lleva su nombre. Y las canoas cargadas de verduras y flores que transitaban por el canal dieron paso a una interminable fila de automotores. (Araceli Peralta Flores. “El canal, puente y garita de La Viga”, p. 459-468, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas. INAH).










