Brantz Mayer fue secretario de la Legación de Estados Unidos en México de 1841 a 1842; describió lo que a su juicio era la belleza de la mujer mexicana en esa época
«Pocas cosas hay tan hermosas como el saludo de una dama mexicana. Nunca se encuentran unas con otras sin besarse. Pero al hombre o al extranjero que topan por la calle lo saludan levantando la mano derecha hasta cerca de los labios, inclinando gentilmente la cabeza y moviendo con gracia los dedos; y manifestando que lo reconocen con un arqueo de los ojos que es casi tan seductor como un beso”.
Son palabras publicadas en 1844 por Brantz Mayer, quien luego de haber viajado por Sumatra, Java y China, fue designado secretario de la Legación de Estados Unidos en México de 1841 a 1842, mientras Antonio López de Santa Anna estaba de nuevo en el poder, previo al inicio de la guerra con aquel país en 1846.
Mayer hacía notar más de los atractivos de la mujer mexicana entonces: “El remate del día para una dama elegante de México es siempre el teatro. Comienza con la misa, a la cual va de mañana a pie con la mantilla puesta con gracia en la cabeza y cayendo en pliegues de espléndidos encajes sobre el pecho y los hombros.
“Pero la noche debe andar con vestido de gala en la ópera o en el teatro. Todo esto es para ella cosa tan normal y natural como las comidas. Entonces es cuando podéis ver a la mujer mexicana en la plenitud de sus perfecciones. Más, a decir verdad, no se puede afirmar que sean bellas, conforme con los cánones de belleza que rigen en Estados Unidos.

“No se ve el cutis encantador y la tez de rosa, ni se observa la variedad de matices que en nuestro país resulta de la mezcla de muchas naciones; más, con todo esto, hay en la mujer mexicana, rubia o morena, algo que atrae al mirarla; es quizás cierta expresión común de dulzura y simpatía confiada.
Sus ojos, su mayor encanto
“Sus rasgos no son muy regulares, no se ven ‘frentes áticas’, ni ‘narices a lo Fidias’, ni ‘labios de capullos de rosa cuyos besos se afanan por volar fuera de su nido’; pero sus ojos grandes magníficos, en que parece haber establecido su morada el espíritu mismo de la ternura, y su gracia natural se conquistan a cualquiera. Su andar es lento, grave, majestuoso.
“La mujer más vulgar que topáis por la calle, sin más que unas faldas de fantasía y su chal o rebozo, tiene un andar de reina, con sus pies pequeños hasta la deformidad. Aunque tiene la cara llena de embonpoint, nunca parece gorda en demasía; su vivacidad y entusiasmo siempre se ven moderados y atenuados delicadamente por la suavidad de sus ojos; y sentís que lo moreno y oscuro de su tez no es otra cosa que lo moreno del fruto que nos dice la riqueza del alma de dulzura que en lo interior ha puesto su morada.
“Sin rebozo, el vestido apenas se puede llamar vestido: fuera de la falda, todo se reduce a una blusa sujeta a la cintura con un ceñidor, mientras el pelo cae sobre la espalda formando una larga trenza. Con rebozo, el vestido está completo. El rebozo cae con gracia por encima del hombro izquierdo, pasando por delante de la boca; no se ven sino los ojos que, puesto que son su mayor encanto, ella nunca procura esconderlos ni atenuar su poder.
“Hablando de los bellos ojos, de los hermosos pies y del andar de reina de las señoras mexicanas, y de su vestido, no debo dejar de decir que su chal de crespón indígena bordado, en que resplandecen todos los colores del arcoíris, y un abanico pintado, son parte indispensable del vestido completo.
“El abanico no tiene nada que ver con esos nuestros modernos artefactos de plumas y aderezos, no; son aquellos instrumentos, pasados de moda, de caña y papel, que usaban nuestras abuelas. El abrir y cerrar, el mover y plegar el abanico forman todo un lenguaje especial.

“Se lo llevan a los labios, lo despliegan, lo cierran, se lo ponen delante de la cara de modo que por encima del borde brillen los ojos, ostentan sus manos enjoyadas y sus ojos hechiceros, y, en suma, parapetadas en estas fortalezas de cartón, ponen en juego toda una estrategia de graciosa coquetería, que más de una vez ha forzado a muchos corazones intrépidos a pedir merced”.
Fuente: Brantz Mayer. (Carta IX. México, lo que fue y lo que es. 1844.) FONDO DE CULTURA ECONÓMICA. 1953. (FCE).












