En Páradais, la tercera novela de la escritora veracruzana, confluyen en un crimen un hombre que vive en la pobreza y otro que lo ha tenido todo
Precedida por el éxito que significó Temporada de Huracanes, la escritora veracruzana Fernanda Melchor sigue su propia línea narrativa en torno a la violencia, y entrega su tercera novela: Páradais.
Páradais narra en primera persona la historia de Polo, un adolescente pobre, con ansias de parecerse a su primo y que bien podría ser cualquier asesino de poca monta. Él, junto con un niño gordo y mimado de nombre Franco, cometen un crimen. Él, empujado por la necesidad de huir de su madre y de un embarazo no deseado; Franco, orillado por el deseo hacia una mujer mucho mayor que él.
Páradais podría ser una lectura fácil acerca de lo que ocurre en lo barrios marginados que no solo se ubican en la calurosa Veracruz, sino que aparecen de extremo a extremo del país.
Motivaciones criminales
Si hurgamos bien, llegaremos a la conclusión de que, en efecto, las personas que actúan como criminales, y que de hecho resultan serlo, actúan empujados por una marginación social que les dice que su vida no puede ser de otra manera.
En Páradais también existe el sujeto contrario, el niño rico, pero rechazado, que busca la manera de satisfacer sus propios placeres.
En conjunto, Franco y Polo son dos hombres similares, ambos detestan la vida que tienen y responsabilizan a los otros de sus propias acciones.
Las explicaciones psicológicas acerca de la violencia recaen en que: a) la violencia se aprende; b) existen características individuales que nos predisponen al delito; c) existe una ruptura de los vínculos sociales, y d) son reacciones a vivencias estresantes; sin embargo, me atrevería a decir que ninguna de ellas responde a la pregunta: ¿por qué una persona mataría a otra persona?
La cuestión es, incluso, más antigua que el Raskolnikov de Dostoyevski, aunque sea, precisamente él, quien mejor que nadie supo explorar en esa profundidad que constituye la conciencia de los hombres, solo para arrojar luces sobre la posibilidad de que los hombres solo maten porque pueden. Y a veces poder significa poder.
Es verdad que en la constitución social y psíquica de un hombre que ha vivido en la extrema pobreza, carente de cualquier figura de amor, hay un quiebre. Lo mismo en la vida de alguien que ha tenido todo en extremo, pero carece de límites o de amor.

Para alguien que viene de las cloacas, esta historia pintoresca acerca del crimen, no sorprende, es más, resulta anodina.
Polo es un personaje flojo, un hombre que un segundo está dispuesto a unirse a la misma banda que su primo Milton y matar “a quien sea” para demostrar que merece respeto, y al otro, un adolescente asustado y borracho que intenta llegar a su casa para que la policía no lo arreste.
Franco, un jovencito güero y gordo de clase alta, hijo de un abogado corrupto, viviendo en la lujosa casa de sus abuelos, presa de burlas sobre su aspecto físico, es el clásico niño mimado que lo quiere todo y lo quiere ya.
Probabilísimo y real, que dos sujetos con ese historial se tuerzan en algún momento.
Naturaleza humana
Esta novela que ve nacer a dos criminales no indaga ni pretende -asegura su creadora- la cuestión principal ¿por qué un hombre mata a otro hombre?
¿Porque es pobre? ¿Porque es demasiado rico? ¿Por su entorno? O es acaso ¿su familia?
Imposible hurgar en las entrañas de la llamada naturaleza humana, imposible saber con certeza por qué alguien actúa como actúa.
Es verdad, Páradais hace un excelente ejercicio espejo acerca de la situación de millones de humanos que a cada segundo nacen y crecen en entornos similares, en entornos mucho peores ¿qué salva a esos individuos?
Páradais es en suma una novela ágil, polifónica y entretenida, como la mayoría de las novelas policiacas y Fernanda Melchor es, sin duda, una buena narradora, incómoda en las conciencias de los círculos intelectuales y best seller en los lectores.
Pero yo no encontré nada en esta novela magra, nada que sorprenda y por lo que valga la pena repetir con vehemencia, que es uno de los mejores escritos de la veracruzana.
Melchor es considerada una de las escritoras más talentosas y subversivas de la literatura mexicana. Entendiendo que lo segundo se debe al uso cotidiano del lenguaje del barrio, a las groserías, al excesivo “chingá” que abunda en sus páginas.
Supongo que Melchor intentó usar la incorrección lingüística de los comunes para explicar a los leídos e instruidos cómo se comporta un espécimen de barrio.
Nacida en Boca del Río, Veracruz, en 1982, y periodista de formación por la Universidad Veracruzana, Melchor se especializó en estética del arte.
Falsa Liebre (2013) fue su primera novela; a la que siguió Aquí no es Miami (2013), una serie de crónicas; cuatro años después llegó el éxito de Temporada de Huracanes, en donde ya están presentes los intereses literarios de la escritora.
Temporada de huracanes, nominada al Man Booker Prize, aborda la transexualidad de un hombre, al que apodan “La Bruja”, en un pequeño poblado cargado de violencia, drogas, esoterismo, abandono y personas rotas.
A propósito de su tercera novela, Páradais, Fernanda Melchor conversa con Revista CH Ciudad de México.
Violencia incontenible
-¿Qué significó para ti escribir Páradais? A veces podría leerse como un relato paralelo a lo sucedido en Temporada de Huracanes.
-La violencia es algo inherente a la condición humana y de alguna manera en la sociedad, como civilización, no hemos logrado contenerla, acotarla o hacerla socialmente útil. Lo que vemos ahora, en general, no es la violencia en abstracto, sino yo diría que, en particular, ciertas violencias quedan más ocultas que otras, se consideran más normales que otras. Quise entender de dónde venía la violencia, qué pasaba en la mente de alguien como “El asesino de Cumbres”, porque los dos protagonistas de la novela son adolescentes.

Me enteré de que un pueblo de Veracruz llamado La Matosa, como el pueblo ficticio de Temporada de Huracanes, una pequeña comunidad de pescadores de 30 personas, había desaparecido y en sus tierras construyeron un residencial de lujo muy exclusivo y con campo de golf.
Y, por otro lado, desde hace tiempo siempre me han fascinado, como a muchos autores de mi generación, los asesinos en serie.
La verdad es que hasta hace poco yo no me había dado cuenta de que los asesinos en serie son en realidad criminales sexuales, es decir, que hay un componente erótico, de perversión y de satisfacción sexual en el acto de matar, y estuve un buen rato interrogándome acerca de cómo es que el deseo puede volverse patológico.
Siempre hay un componente de violencia en nuestra sexualidad, eso es algo que cualquier psicoanalista puede decirle, pero me interrogué sobre cómo sería si ese deseo patológico fuese llevado como a las consecuencias más terribles, y sobre cómo es el despertar, por ejemplo, de una persona que tiene una sexualidad de este tipo.
-Uno de los protagonistas, el que finalmente se convierte en asesino, proviene de una familia adinerada, pero al mismo tiempo es rechazado por su aspecto físico…
-He escrito mucho de la violencia en zonas marginadas, pero quise imaginar cómo sería si esa violencia nacía en el corazón de un sitio exclusivo, donde pareciera que no existe ninguna necesidad, y así es como surge Franco Andrade, un muchacho lleno de privilegios, que parece que lo tiene todo, rubio en un país donde ser o pasar por blanco es muy importante, y cómo de alguna forma nada de esto basta para evitar que aparezca en él una obsesión enfermiza por una mujer que le lleva a la violencia y al crimen.
-Desde tu primera novela hasta Páradais, que es la tercera, el hilo conductor parece ser la violencia…
-Sí, están unidas de alguna manera misteriosa al abordar historias donde la violencia desencadena o es el resultado sobre todo de la ejercida por los hombres, pero estilísticamente son novelas que apuestan por un shock violento en confrontación con el lector.
Y estas tres, no este personaje fantasmal que sale en la novela, el de la condesa sangrienta, es una mezcla de una leyenda colonial que existe en Veracruz, la de La Condesa de Malibrán, una terrateniente muy rica que raptaba a sus peones y los torturaba, y del personaje de Erzsébet Báthory, la condesa de Europa del Este que fue acusada de muchos crímenes, y que uso como metáfora para hablar de cómo la misoginia muchas veces está basada en el miedo a las mujeres.
Siempre me han llamado la atención las historias sobrenaturales, oscuras, y he tratado de explorar el porqué. Creo que se debe a que vengo de una familia disfuncional, donde viví maltrato psicológico, también un poco físico, y desde muy joven me di cuenta de que vivía en un país donde a menudo pasaban cosas muy violentas contra las mujeres, verlas, las escribí a lo largo de diez años y sí, tienen un aire de familia.
-Otra de las cosas presentes en Páradais es la actitud violenta con la que sus personajes se refieren a las mujeres, cosificándolas, temiéndolas ¿es esto un espejo de la realidad o una denuncia?
-Yo diría que ambas cosas. Quisiera que se notara, al leerme, que no me es indiferente esta violencia porque la intención estética de provocar al lector, de hacerle sentir terror, asco por estos personajes tan desagradables, tiene que ver con esta postura moral mía.
“Quisiera que esta violencia no existiera y que nuestros niños y nuestras niñas no tuvieran que pasar por esto; pero creo que la literatura no es un buen espacio para denunciar. La literatura tiene una posibilidad, muy pequeña, marginal, porque nos pone en las cabezas de otras personas y puede provocar un pequeño cambio, pero solo de persona a persona, confrontándonos con nuestra propia violencia”.
Fernanda asegura que al haber crecido en un entorno disfuncional y ser parte de la generación de los 80, su conjetura sobre México es violencia.
Una violencia que se puede, y de hecho es ejercida en varias atmósferas que van desde lo familiar hasta lo social.
Destacar algo de Fernanda es destacar su habilidad para exponer, la fuerza de su lenguaje y de sus historias.
Es, sin duda, una escritora con talento y la oralidad puede ser una de las virtudes de esta pequeña novela de 97 páginas llamada Páradais.











