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Con novela distópica, regresa el Nobel Kazuo Ishiguro

Martha Rojas Por Martha Rojas
abril 30, 2021
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Con novela distópica, regresa el Nobel Kazuo Ishiguro

Fotografía: Editorial Anagrama

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Tras cuatro años de silencio literario, el escritor japonés lanza Klara y el Sol, novela que explora los vínculos humanos y la memoria, vistos por una androide

Tras ganar el Nobel de Literatura en 2017, Kazuo Ishiguro (Nagasaki, Japón, 1954) se sumió en un silencio literario de cuatro años. Durante su discurso de aceptación del premio sueco, el autor, criado en Londres a partir de los cinco años, hizo referencia a ese desconcertante mundo que apareció y creció tras la caída del Muro de Berlín.

Se cuestionaba si un escritor, entrado en los 60 años, podía o tenía qué aportar o decir sobre ese mundo, en el que los fantasmas del pasado despertaban de manera sutil y despiadada ampliando las divisiones entre las naciones ricas y las menos afortunadas.

La respuesta aparece de la mano de Klara y el Sol (Anagrama, 2021), una hermosa fábula de ciencia ficción que insiste en que los vínculos humanos y la memoria son el núcleo de una literatura que hace llevaderos los tiempos difíciles y el espejo de la justicia por la que los seres humanos luchan.

Esta fábula, que comprende un libro de 384 páginas, narra desde un personaje androide la llegada de un mundo en donde los humanos son mejorados y sustituidos por máquinas.

Pero esta historia, que es lejana al universo de Isaac Asimov y cercana a El Ruiseñor y la Rosa de Oscar Wilde, revela, a medida que las páginas avanzan, que pese a todo, los sentimientos son algo que no se puede maquinizar y que está en la naturaleza desarrollarlos.

Amiga artificial

Klara es una androide AA (Amiga Artificial) que una vez llegada a la tienda en donde será vendida, se dispone a aprehender absolutamente todo cuanto le rodea, las personas, su comportamiento, sus vínculos, la naturaleza, el sentido del cuidado y las promesas.

Tras verse relevada por nuevos modelos, mejorados y con nuevas funciones, Klara y su futura dueña, de nombre Josie, mantienen una conexión especial que hace que la madre de ésta acceda a comprarla.

Ambas se prometen una difícil felicidad pero placenteramente vivida. Josie busca sentirse menos sola y la androide explorar el mundo y cumplir la finalidad para la cual fue diseñada.

Josie hace de Klara su mejor amiga, su cómplice, su cuidadora, testigo de su deterioro físico y depositaria de sus expectativas acerca de un futuro que solo contempla el amor junto a un joven.

Al llegar a la casa de Josie, Klara asimila todos los aspectos sociales y físicos de la adolescente, quien sufre una enfermedad degenerativa. Es tal la mimetización que practica, que llega a ser candidata a suplantarla, si Josie muere.

Pero Klara, cuya energía procede de un sofisticado sistema recargable únicamente a través del Sol, se da cuenta de que es imposible suplantar a alguien aun si todos sus rasgos físicos o psicológicos son aprehendidos.

Se dice que es imposible penetrar en el secreto que hace a alguien ser ella misma, es imposible acceder a esa compleja masa emocional que moldea el corazón y cuya materia orgánica se encuentra en las personas que la rodea, y que a su vez está fuera del propio sujeto, es decir, los vínculos a través de lo que las personas se unen.

Amor de androide

Esta inusual androide evoluciona tanto que, incluso, muestra sentimientos, recuerdos y un amor absoluto, en calidad de sacrificio, a su dueña. Desesperada por encontrar una cura para su amiga, Klara recurre al Sol, fuente de energía creadora, para ofrecerle un trato: la supervivencia de Josie a cambio de la destrucción de una máquina de polución.

En su intento por destruir el artefacto, Klara cae en cuenta de que hacerlo implicará desprenderse de algo que puede significar su propia desaparición. Así que toma la decisión de hacerlo solo si tiene la certeza de que Josie será amada eternamente, si ella y un joven podrán amarse a pesar del mundo y las diferencias que los rodean. Klara está dispuesta a sacrificarse solo en pos del amor.

La respuesta del Sol llega a manera de luces prismáticas, que se cuelan a través del ventanal de una Josie moribunda. Tras recibir la preciada ayuda, la niña comienza a mejorar. Crece y mientras hace esto, como es natural, las cosas a su alrededor cambian, incluso sus vínculos afectivos y sus intereses primordiales.

En un desenlace tan natural, el estilo británico del autor japonés sorprende por su sencillez y la nula posibilidad de que otro destino sea creíble.

El dolor, la amistad, las separaciones e incluso el amor con otros se modifica, evoluciona junto al tiempo, nada de ello permanece. 

Aunque ubicada en una distopía futurista, Klara remite al ave, personaje central del cuento El ruiseñor y la rosa. Ambos ofrecen su vida solo si sus amigos son capaces de dar y recibir amor.

Josie, por desconocimiento u omisión, ignora el sacrificio de Klara. Al crecer olvida el amor romántico que en algún momento sintió por la amiga de su infancia y adolescencia, sucumbiendo a los caminos trazados y previstos para una niña genéticamente mejorada.

Tal vez esta historia, esencialmente humana, es un espejo en el que nosotros podemos tratar de percibirnos como una máquina que siente.

Creyente del estado de bienestar

Kazuo Ishiguro, quien se define como un creyente del estado del bienestar, nació en Nagasaki en 1950, pero debido a que su padre, un científico brillante, recibió una oferta del gobierno británico, se trasladó a Londres en calidad de visitante. La familia Ishiguro pasó más de 14 años creyendo que regresaría al Japón.

Raro entre sus compañeros (era el único extranjero y japonés en la zona), Kazuo mantuvo un contacto cercano con su cultura. Su abuelo se encargaba de que cada mes le llegaran las historias y cómics del momento en Nagasaki, hasta su casa en Guildford, Surrey.

Aunque en la casa sus modales y comportamientos eran esencialmente japoneses, Kazuo asimiló muy pronto la literatura, la vida y gustos ingleses. Era seguidor de The Beatles, del estadunidense Bob Dylan y le gustaba el jazz.

Egoísmo en círculos literarios

Tras su ingreso a la Universidad de East Anglia comenzó a relacionarse con los círculos literarios de la época, que incluían nombres como el de Salman Rushdie o Kingsley Amis. Aunque el autor refiere que no es asiduo a frecuentar dichos círculos porque se descubre incómodo.

“Me irrita el egoísmo y la falta de consideración hacia los demás, algo muy habitual en los círculos literarios y artísticos en que me muevo, donde a mucha gente solo le obsesiona publicar determinado libro o conseguir que se estrene su obra, y para ello son capaces de pisotear a quienes se interpongan en su camino.

“Soy un tipo tranquilo y me dan placer las cosas sencillas de la vida, la música, la lectura, la familia, los viajes, una buena conversación”, aseguró en una entrevista con el diario español La Vanguardia.

Y es que si los libros funcionan aparentemente como reflejo de sus autores, en la obra de Ishiguro percibimos su sencillez y su compleja sensibilidad.

Durante la presentación de Klara y el Sol a la prensa, el autor nipón aseguró: “Con la edad, al hacerme mayor me he vuelto más optimista con respecto a la naturaleza humana. Mantengo un territorio similar, pero con más optimismo. Con una cierta bondad que antes no expresaba”.

Tal exploración de la bondad y la memoria como aspectos esenciales de la conducta humana son un tema recurrente en su obra.

Somos un poco como máquinas

Cuando inició su carrera como escritor y lanzó Pálida luz de las colinas (Anagrama, 2006) el Nobel dejó claro que su interés  –producto de esa hibridación entre lo japonés y lo inglés– radicaba en la memoria. Como él mismo aseguró, con los años su forma de contar historias y construir personajes se ha modificado, pero la memoria sigue presente.     

“Qué significa que un ser humano ame a otro ser humano. Somos reemplazables o no. Cómo nos vamos a sentir en el futuro. Creo que demuestro que mi interés real son los humanos, pero los miro a través de esa máquina que se llama Klara.

“Lo importante es lo que ella ve en los seres humanos. Se convierte en una metáfora de los impulsos humanos y asume aspectos diversos de ellos. Se acaba pareciendo a un padre o a una madre humana.

“Nosotros también somos un poco como máquinas programadas. Mi madre era así. Como si tuviera una voz en su interior que le decía lo que sería bueno para su hijo o no. Hay algo que nos hace actuar como máquinas programadas. Gente horrenda con el mundo, luego son emotivos con sus hijos”, mencionó durante la rueda de prensa digital.

¿Avances para o contra nosotros? 

Como se contó durante la recepción del máximo galardón literario, Ishiguro comenzó redactando series de televisión. En sus obras también puede notarse esa herencia en la estructura de los diálogos, que recalcan las emociones de sus personajes.

Sus primeras dos novelas Pálida luz de las colinas y Un artista del mundo flotante (Anagrama, 1994) evocan el mundo perdido de la infancia, el Japón de la posguerra.

Poco convencido del éxito que tendrían, el escritor las publicó como una especie de catarsis en la que sublima la representación y el recuerdo de su patria.

Los restos del día (1989), su tercera obra, es considerada como su gran aporte a la literatura, una novela intensa que cuenta la historia de un mayordomo, en plenos años 50, que reflexiona sobre su pasado al servicio de un partido nazi arrepintiéndose de no haber hecho nada que pudiera significar su vida al renunciar al amor en pos de su profesión.

La novela fue adaptada al cine en una película homónima (The Remains of the Day, 1993) protagonizada por Anthony Hopkins y Emma Thompson.

Más tarde llegarían Los inconsolables (1995); Cuando fuimos huérfanos (2000); Nunca me abandones (2005); El gigante enterrado (2015) y finalmente Klara y el Sol, que también será adaptada al cine.

Sus novelas son un recorrido por las inquietudes del autor, su capacidad para evolucionar sus dinámicas de escritura, de trama y de preocupaciones estéticas. Ninguna de sus novelas vuelve a repetirse porque Ishiguro renuncia a la fórmula de los escritores de masas, que una vez hallada la fórmula del éxito se repiten, con algunas variaciones, en la infinidad de libros que producen.

No se ve con frecuencia un relato que provoque tanta ternura y contradicciones internas.

Kazuo Ishiguro retoma una fábula clásica y la coloca en un presente cercano, obligándonos a reflexionar con la simplicidad de un niño, si los avances de nuestra época acabarán siendo de nosotros o contra nosotros.

Klara y el Sol marca el regreso de un autor del que, al parecer, tendrá muchas cosas más que decir de estas turbulentas épocas.

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