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El México que vio de la Granja al traer el telégrafo

Juan Jesús Cadena Bautista Por Juan Jesús Cadena Bautista
mayo 26, 2021
En Uncategorized
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El México que vio de la Granja al traer el telégrafo

Telégrafo receptor automático de señales, este se utilizaba en México en los años 40 del s. XIX. (1837).

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Nacido en Vizcaya, España, Juan de la Granja defendió a los mexicanos en Estados Unidos, regresó a México por la guerra con ese país e introdujo aquí el telégrafo

En la casa de las pudibundas González (calle Tacuba 51 y 53 en el Centro Histórico), pero no con ellas, sino en vivienda aparte, habitó Juan de la Granja, introductor del telégrafo en México.

Este señor era español, de Balmaseda, provincia de Vizcaya, y cobró tanto amor a México como si aquí hubiese nacido. Probó este entrañable cariño con demostraciones patentes, una de ellas fue la revista El Noticiero de Ambos Mundos, destinada a defender con generoso desinterés en los Estados Unidos a México y a los mexicanos.

Con base en el Epistolario de De la Granja y la narrativa de Artemio del Valle Arizpe, entre otras fuentes, De la Granja acudía sin ser llamado a desbaratar calumnias, por lo que el gobierno hizo mucha confianza de él y lo nombró vicecónsul en Nueva York, después cónsul general. Socorrió entonces a manos llenas a los que acudían a él en busca de ayuda.

También defendía contra inmoderados y constantes ataques los intereses hispanoamericanos; por esta gallarda actitud quiso premiarlo el rey con un buen nombramiento, pero don Juan lo rechazó con fina cortesía. Este periódico de don Juan de la Granja fue el primero que se publicó en español en tierra yanqui.

La guerra con EU

Al estallar la inicua guerra con los estadunidenses (1846-1848), dejó allá sus comodidades fáciles, sus buenos negocios, sus amigos y familia, y ardido de furor y rabia contra el invasor se trasladó a México, a la “suntuosa capital”, como la llamaba con un regusto en los labios.

En un escrito dirigido a su buen amigo el conde de la Cortina, expuso: “Estoy determinado a no volver a someterme a los dictados de un enemigo tan atroz como el que tenemos al frente, y así seguiré la suerte de la nación; y si ésta fuere tal que tenga que sucumbir, yo me embarcaré a cualquier punto que se me proporcione, y me alejaré de un teatro donde perdida la nacionalidad, no podré ver un objeto agradable”.

Se le llenó el pecho de amargura al contemplar el incomprensible espectáculo de desbarajuste que había en toda la República. Todos, llenos de pasión, ponían en juego sus grandes ambiciones; ninguno su patriotismo, por lo que las cosas iban revueltas y barranca abajo.

Cenotafio en el Museo Panteón de San Fernando en honor a Don Juan de la Granja.

“Nadie -escribió- puede concebir un desconcierto tan espantoso de ideas como el que reina en este país. Aquí no hay gobierno, ni quien sepa gobernar, ni quien entienda, ni quiera entender los verdaderos intereses nacionales.

“Aquí ni hay aristocracia, ni hay pueblo, ni hay clero, ni hay militares, no hay más que un caos, el que quiere manda y el que quiere obedece, es una anarquía mansa, porque sin embargo de todo lo que llevo dicho vivimos aquí como si estuviésemos gozando de una paz octaviana, lo cual solo puede atribuirse a una estupidez tan vergonzosa como la que prevalece en todas las clases”.

“En este país, amigo mío -dijo en otra de sus epístolas- todo hay menos el don de gobierno, que Dios se ha servido negar a los mexicanos”.

En otra misiva asentó: “Aquí no hay gobierno, ni pueblo, ni nada, más que estupidez y cobardía”. Y en alguna más puso: “La lástima es que esta gente es incorregible y no se pueden entender unos con otros, ni hay cabezas ni respeto por nadie”. Esto mismo, con distintas palabras, varias veces lo expresó con amargura a sus corresponsales en muchísimas de sus cartas, todas amenísimas.

Bandidos o piratas

También con el alma partida y despedazada de dolor vio la entrada de los brutales vencedores en la capital. No le salía la tristeza del corazón al contemplar aquellos extranjeros insolentes que hollaban las calles de la ciudad, de su linda y amada ciudad.

“Tengo el humor más negro que puede darse -escribió a Guillermo Stewart, de Nueva York- porque ayer tarde se ha recibido la noticia de que Veracruz se ha rendido a los invasores y porque veo en este pueblo el desconcierto más espantoso y la más estúpida indolencia”.

En la puntual relación de los acontecimientos de 6 al 21 o 22 de septiembre del 47, hecha para enviarla a sus amistades en el extranjero, pintó de modo vivo la entrada de los yanquis en México.

“La entrada de esta gente en la ciudad me dejó absorto, porque más parecían bandidos o piratas que soldados, porque se me hacía increíble verlos sueltos por las calles con sus armas, sin oficiales y tan sucios, tan rotos y tan en desorden, cuando por el conocimiento que tengo del aseo del pueblo de los Estados Unidos, me esperaba yo ver un ejército, aunque pequeño, bien uniformado, bien ordenado y primoroso.

“Está visto que la disciplina de éstos está en la obediencia, en la exactitud de cumplir los oficiales las órdenes, y en la severidad y aun en la crueldad con que castigan a los que siquiera ven vacilar en el ataque.

“Además creo que la entrada a esta ciudad en esta forma tan antimilitar fue intencional de parte de los jefes, quienes sin duda por promesas anteriores quisieron hacer la vista gorda para que los soldados pillasen lo que pudiesen, porque yo he visto a muchos cargados con botín a todas horas del día sin temor a sus oficiales, lo que sucede es que ahora querrán encubrir y disculpar esos desórdenes con la hostilidad que encontraron en la ciudad”.

“Los vi también -dijo- forzar las tiendas inmediatas (a la casa en que vivía De la Granja) a tiros y con barretas y hachas, y saquear cuanto había en ellas, y a varios también borrachos con las bebidas que encontraron en las tiendas, y estas escenas se representaron en muchísimas partes de la ciudad, de modo que en mi vida he visto una anarquía más completa”.

Capeando las balas

En cambio de los mexicanos cuenta, como gozoso, “que ninguno de ellos está por la paz y que no tienen miedo a los invasores y por consiguiente, por su parte, creo que durará la guerra hasta dejársela en herencia a las futuras generaciones. Crea usted, compadre, que este país está defendido por sí mismo y por poco que hagan los mexicanos, no digo las fuerzas de los Estados Unidos, sino las del mundo entero se estrellarían aquí.

“Si usted viera la multitud de gentes que por mera curiosidad, hombres y mujeres del pueblo, andan por estas calles corriendo de una parte a otra, como capeando las balas y riéndose cuando los andan cerca, se quedaría usted asombrado como lo estoy yo y se figuraría usted ver a los muchachos en el Park o en La Batería cuando jugando a la pelota se tiran con ella unos a otros”.

Don Juan de la Granja fue diputado por Veracruz, pero en una de sus magníficas cartas expresó, exasperado, que quiere dar al diablo tal diputación “en la cual, ni puedo hacer el bien, ni puedo evitar el mal de la República porque hay una mayoría determinada a llevar adelante su plan de mengua y oprobio”; pero no dejó la digna investidura que tenía, sino que, antes bien, tuvo en el Congreso una actuación gallarda y elevada.

Telégrafo electromagnético introducido en México por Don Juan de la Granja. (1855).

Al ponerse a discusión los Tratados de Paz, presentó un proyecto de decreto muy bien elaborado, proponiendo condiciones bastante duras para aprobarlas, aunque la mayoría de los señores diputados estaba dispuesta a que se aceptaran sin discusión alguna y ya con las enmiendas que se les hicieron en Washington.

A una tristeza le sucedió otra tristeza. Tuvo un infinito abismo de dolor que le subió lágrimas a los ojos al ver que faltaban en el Congreso varios representantes que antes tenían allí su asiento, los de Texas, los de Nuevo México, los de Alta California, provincias que pasaron a ser de los Estados Unidos.

Lloró don Juan con amargura “como si hubiese sabido que hijos suyos habían abandonado el hogar paterno”.

Fuera de las lides políticas se ocupaba activamente en negocios mercantiles. Hacía tratos y contratos trafagando hábilmente con el dinero, y obtenía ganancias muy lícitas.

Como su anhelo mayor era hacer todo aquello que engrandeciera a México, quería implantar en México el telégrafo “electro-magnético” que en los Estados Unidos funcionaba con éxito admirable, excepcional, y que aquí era totalmente desconocido, pues solo hubo el “óptico”, o de señales.

Concesión para el telégrafo

Cercano al puerto de Veracruz está el Cerro del Telégrafo, que así se llamó porque ahí se instalaron los rudimentarios aparatos para transmitir los mensajes. Al fin logró su empeño Juan de la Granja y el 10 de mayo de 1847 obtuvo la concesión para implantar el nuevo sistema de comunicación.

No cabía en sí de contento. Con toda actividad se dio a formar la compañía, grandes dificultades tuvo para ello y luego para reunir capital; tropezaba siempre con la enorme indiferencia y apatía de la gente, pero su constancia era mayor, más grande la fuerza que oponía y, por lo tanto, venció todos los obstáculos que se le atravesaron y que, ciertamente, no fueron pocos. Su energía movió la voluntad desfallecida de los que prometieron ayudarle ampliamente y luego ya no querían hacerlo.

Achacaba, con razón, esta indiferencia, “a la frialdad con que un pueblo recibe las ideas nuevas, cuando muchos han sido engañados con falaces y mentidas promesas”. El gobierno para esta empresa de civilización dio, muy a duras penas, solamente dos mil pesos. Gran puñado son tres moscas.

Después de un año de lucha en que no tuvo un día de paz, y en la que no decayó su tenacidad, pues era cabezudo en sus porfías como buen vizcaíno, se inauguró, el 5 de noviembre de 1851, el primer tramo entre México y Nopalucan, Puebla, 45 leguas (unos 250 kilómetros) de línea bien construida. La primera oficina de telégrafos se puso en la casa, ya derribada, que hacía esquina con las calles de Las Ratas y San Felipe Neri, que son ahora Bolívar y República del Salvador.

Allí acudía la gente en apiñada confusión para contemplar las diarias demostraciones que se hacían del funcionamiento del telégrafo electromagnético. El coste de un mensaje de no más de diez palabras, era de cuatro reales y por cada una de añadidura se pagaba cuartilla; fecha, firma y señas no se cobraban.

Un rico, buen emprendedor de negocios, Hermenegildo Villa Cosío, formó nueva sociedad con 150 mil pesos, con la que se dio grande impulso a la empresa que fue subiendo hasta alcanzar un gran éxito. Pronto quedaron unidas México y Veracruz –el 19 de mayo de 1852- y después Orizaba, Córdoba, Puebla, Guanajuato, Morelia y los lugares intermedios entre estas ciudades. En breve toda la República estaría enlazada con una gran red telegráfica.

Una terca pulmonía fabricada por los aires delgados de México, empezó a hacer caminar hacia la muerte a don Juan de la Granja, y el 6 de marzo de 1853 salió de la vida. Sus días estuvieron llenos de irreprochable decoro y sus acciones y sus pensamientos siempre se hallaron en íntimo consorcio. Igualó con la vida el pensamiento como se manda en la Epístola moral de Andrés Fernández de Andrada.

De San Fernando a la fosa común

Apenas si se ha honrado la memoria de este hombre de acción, “más mexicano que muchos mexicanos”, dando su nombre a una mísera calleja de barrio; la que fue de San Jeronimito ahora se llama de Juan de la Granja. Y para que nada falte a su engrandecimiento, México le ha pagado con negra ingratitud al magno servicio que le prestó y su larga vida en la que derramó virtudes.

Cuando se venció el término de su fosa sepulcral en el Panteón de San Fernando, no hubo una mano generosa, ni oficial, ni particular, que quisiera refrendarla. ¡Los huesos de este hombre noble y generoso fueron arrojados a la fosa común perdiéndose entre otras osamentas!

Fuentes:

Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Francisco Sosa. 1873.

Artemio de Valle Arizpe. Universidad Nacional Autónoma de México. Coordinación de Humanidades. 1995.

Juan de la Granja. Epistolario. Luis Castillo Ledón/Nereo Rodríquez Barragán. Talleres Gráficos del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía. 1937.

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