Esmeralda Cervantes tuvo un talento con el arpa reconocido por los reyes Alfonso XII y Luis de Baviera, así como por Víctor Hugo, Wagner… Díaz le hizo un sorprendente regalo
Esmeralda Cervantes fue la gran arpista del siglo XIX, aunque hoy su figura permanece olvidada. Víctor Hugo, poeta, dramaturgo, novelista y crítico francés, exponente máximo del romanticismo, le prestó el nombre de una de sus heroínas, la Esmeralda del Jorobado de Notre Dame. Y el rey Alfonso XII de España le añadió el apellido más ilustre de las letras en ese país: Cervantes.
La niña prodigio del arpa, Clotilde Cerdá o Esmeralda Cervantes de nombre artístico, cautivó a un amplio grupo de conocedores, entre ellos Frederic Soler “Pitarra”, poeta, dramaturgo y empresario teatral barcelonés; Jacint Verdaguer, poeta y escritor catalán; Franz Liszt, compositor y pianista húngaro, y hasta Richard Wagner, compositor, poeta, director de orquesta y teórico musical alemán, que la calificó de genio ante el rey Luis de Baviera.

¿Quién fue Clotide Cerdá, hoy caída en un profundo e injusto olvido? Nacida en Barcelona, hija ilegítima de Ildefons Cerdá, fue una mujer adelantada a su tiempo, transgresora, un genio femenino -algo incompatible entonces- en el siglo XIX.
Actuó ante monarcas y en los mejores teatros de todo el mundo. Escribió el libro Historia del arpa, hizo conciertos en la América con su arpa, protagonizó una sesión privada ante el presidente de Estados Unidos, Grover Cleveland; entró en la logia masónica Lealtad de Barcelona, fue bendecida por el papa León XIII, fundó una escuela de artes para mujeres, dirigió en París la efímera revista La estrella polar.
Singular arpa, obsequio de Díaz
En México, cuando ella tenía 15 años, durante su estancia logró que el presidente de la República, Porfirio Díaz, dictase el indulto de un reo que se encontraba en capilla permaneciendo arrodillada ante él, hasta que obtuvo la gracia.
Más tarde, el mismo dignatario encargó expresamente para ella, y le hizo llegar como obsequio, un arpa cuya columna remataban el águila y la serpiente que constituyen los símbolos nacionales de México.
A su paso por una Cuba que comenzaba a incendiarse por la guerra, Cerdá o Esmeralda Cervantes, pudo comprobar de primera mano los estragos del colonialismo español, lo que la hizo convertirse en una acérrima defensora de la causa antiesclavista y donar todos los ingresos que obtuvo en la isla a diversas organizaciones que apoyaban esta causa.

Vivió en México de 1907 a 1915 como profesora de arpa en el Conservatorio de México. Hija de Clotilde Bosch -dama de honor de la reina Isabel II de España- y de Ildefons Cerdá -aunque no era el padre, el ingeniero la reconoció y le dio su apellido, pero en su testamento no le legó nada-, Clotilde nació en 1861 y pronto se reveló como un prodigio del arpa.
Su madre -otra mujer revolucionaria- se separó de Ildefons Cerdá, con quien tenía otras tres hijas, y se marchó con una Clotilde de nueve años a París, en los libertarios años de La Comuna.
A los 12 años ya tocaba en la orquesta de Richard Strauss en Viena. Con 14 años, fue nombrada profesora honoraria de arpa en el Conservatorio del Liceo, en Barcelona, España.
Feminista, antiesclavista
A esa edad, consiguió del rey Alfonso XII un indulto para dos condenados a muerte en Barcelona. Pero sus buenas relaciones con la monarquía se torcerían en pocos años. Sus ideas eran demasiado modernas, peligrosamente progresistas.
Clotilde era feminista, antiesclavista y protectora de la clase obrera, algo que la monarquía no veía con buenos ojos. El secretario de la reina regente, Guillermo Morphi, le tramitó una carta con una velada amenaza, sugiriéndole “que no se ocupara de asuntos de hombres y que se dedicara a tocar el arpa”.
En 1885, cuando tenía 24 años, se rodeó de las mujeres más potentes de su época (desde Antonia Opisso, que escribía novelas antiesclavistas, a Dolors Aleu, primera doctora en medicina de España, que necesitó un permiso del rey para matricularse en la universidad) para fundar la Academia de Ciencias, Artes y Oficios de la Mujer, con sede en el número 10 de La Rambla.
Este centro de enseñanza era un intento de profesionalizar a la mujer, para que tuviera una oportunidad más allá de los “estudios tan incompletos como frívolos” de la época. Pero la falta de apoyo institucional y las grandes deudas la obligaron a cerrar la academia solo dos años después.
Después de dos viajes por América y de haber recorrido media Europa, Clotilde Cerdá se casó con el industrial alemán Oscar Grossman y, a partir de entonces, abandonó los escenarios para dedicarse a la enseñanza.

Clotilde pasó sus últimos años en Santa Cruz de Tenerife, donde murió en 1926. Ni placas ni distinciones la recuerdan hoy en España. Ni siquiera el Liceo la ha homenajeado. Pero aún existe el puente que une Paraguay y Brasil, al que el emperador brasileño dio su nombre.
Fuentes: Vanessa Graell. El Mundo. Edición España. Sección Cultura. 25 de diciembre de 2013.
Historia. La historia es de ellas, Miguel A. Delgado. 30 de septiembre de 2017. Gaviño de Fanchy Editores.
Esmeralda Cervantes. Carlos Gaviño de Franchy. 14 de agosto de 2010.










