El jefe de Foro de Bellas Artes en los últimos 50 años, Jorge Peláez Esparza, recuerda vicisitudes relacionadas con artistas y grupos que ahí se han presentado
“La reina del aire”, es decir, la rusa Maya Plisetskaya con el Ballet Bolshoi; los tenores Luciano Pavarotti, italiano, y Plácido Domingo, español, así como el bailarín y coreógrafo soviético Rudolf Nureyev con el Ballet del Siglo XX de Maurice Bejart, son solo algunos artistas de una larga lista que, en casi 50 años, Jorge Peláez Esparza recuerda haber visto en ensayos, presentaciones, y a quienes asistió y llegó a tratar.
Como jefe de Foro del Palacio de las Bellas Artes desde 1970 –donde cinco años antes ingresó como dibujante-, Peláez Esparza ha sido responsable de coordinar las tareas de técnicos que se desempeñan en nueve talleres en ese teatro, a fin de que las condiciones del escenario sean las óptimas para que los artistas muestren sus talentos al público.
Jorge, como se refiere de sí mismo, tiene 77 años de edad. Aclara que la responsabilidad es compartida para que las presentaciones resulten conforme a lo esperado en un escenario como el de Bellas Artes, ya que además intervienen directivos y un cuerpo de 60 técnicos que trabajan con ese mismo objetivo.
Una de sus tareas principales es atender las necesidades técnicas en el escenario de artistas en lo individual o en grupos, y en su caso complementar el equipo con el que éstos llegan.
Hasta 300 personas en escena
Jorge coordina los esfuerzos para que tramoya, utilería, iluminación, audio, video, vestuario, maquillaje y aspectos mecánicos estén a punto para una función, que en el caso de una ópera, Aída por ejemplo, llega a tener hasta 300 participantes, incluidos músicos, coro, primarios y coprimarios.
“Es un espacio cerrado con todas las seguridades que tenemos para el cuidado de las personas que intervienen, que entran, salen”, explica.

Entrevistado en el cubículo que ocupa en Bellas Artes, donde destacan un restirador, sobre el cual tiene láminas recién elaboradas, y un banco, Jorge Peláez Esparza sabe que su trabajo es “tan celoso, tan absorbente, que luego muchas veces no deja tiempo para ver a la familia”, ya que prácticamente es de todo el día.
Y por lo general, los días de descanso para la mayor parte de la población, es decir, sábados, domingos y muchas veces días festivos, es cuando la gente asiste a ese espacio; “vienen a ver lo que nosotros hacemos”.
Para este hombre que, según sus cálculos, ha tenido que ver con un promedio de tres funciones por semana –con frecuencia hasta cinco solo en domingo- y un total aproximado de ocho mil, es difícil recordar a todos los artistas y grupos que han desfilado por el escenario principal de Bellas Artes, aunque quien llega a ese recinto, “es porque ya tiene una trayectoria, ya tiene un nombre”.
Destaca, por ejemplo, aquel 1968, cuando se efectuaron los Juegos Olímpicos en México, mientras en el recinto de avenida Juárez y Eje Central, ese año se desarrolló la Olimpiada Cultural, con las presentaciones de orquestas sinfónicas, como la de Los Ángeles, de ballets africanos, australiano, cubano y el Bolshoi ruso, así como de las compañías nacionales de Danza y de Ópera, entre muchos otros.
Recuerda la actuación también del Ballet Folclórico de México, de Amalia Hernández, el cual se transformó en Ballet de las Américas con escenificaciones representativas de países del continente, desde Alaska hasta Sudamérica. Y más tarde, ese grupo conformó el Ballet de los Cinco Continentes, también con una gran variedad de números.
Jorge Peláez también tiene en la memoria al barcelonés Joan Manuel Serrat, los argentinos Atahualpa Yupanki y Mercedes Sosa, y al mexicano Óscar Chávez, en la época de la música de protesta.
De Serrat, recuerda que la primera vez que estuvo en Bellas Artes, venía solo con una guitarra. “Le prestamos un banco, así como el de este restirador y le pusimos un micrófono para su voz y otro para su guitarra”.
Dice que el cantante, compositor y poeta, después “pegó mucho por el tipo de canciones que interpretaba de Miguel Hernández (poeta también)” y cuando regresaba a Bellas Artes crecía en su necesidad técnica hasta solicitar un piano, y traía acompañamiento, contrabajo, batería; luego requería iluminación, “en fin, todo lo que le llamo la parafernalia que tiene el teatro”.
En plena función, tiran medio decorado
Jorge tiene varias anécdotas en su amplia trayectoria, como la ocasión en que se desarrollaba la ópera La Traviata, en la que un barítono, conforme a los ensayos, en el segundo acto tenía que cantar su texto mientras abría una puerta jalándola.
“El día de la función, en lugar de jalarla, la empuja. Y al ver que la puerta no cede, la empuja más fuerte… ¡Y nos tira medio decorado en plena función! ¿Y ahora qué hacemos? Pues ahí, entre todos, haciéndonos de ladito, que no nos viera el público, mágicamente levantamos parte del decorado que se había caído del empujón tan fuerte que le dio el barítono. Son de esas cosas que pasan”, dice, mientras esboza una sonrisa.
¿De dónde salió esa escena?
Otro suceso: En otra representación, la ópera La Bohemia, en el tercer acto, “por cosas que no puede a veces uno prever, de repente oigo voces que dicen: ya se metió una persona y quién sabe qué le está diciendo al público, pues no alcanzábamos a oír qué le estaba diciendo. ¿Y ahora qué hacemos?

“Pues Jorge, métete… y me meto, dándole la espalda al público, porque siempre impresiona el público. Y la agarro de la mano con firmeza; no ofreció resistencia, sino que se salió junto conmigo de la escena.
“Al final de la ópera, me dicen: te buscan. ¿Quién? Era un grupo de estadunidenses, personas mayores que me dijeron mediante un intérprete que ellos conocían la ópera, pero que nunca habían visto esa escena, que de qué se trataba (Jorge ríe abiertamente). Pues no, no se trataba más que de un espontáneo, que se nos metió y tuvimos que sacarlo.
“Era una muchacha, parece ser que reclamaba que le dieran una oportunidad para cantar, una cosa así. Como en los toros, que se avientan al ruedo y a ver qué pasa”.
Material reciclado
Peláez Esparza explica que en el trabajo para preparar el principal escenario de Bellas Artes, la tecnología también ha significado cambios importantes: “El teatro era antes un poquito considerado como magia, ahora es muy tecnológico”.
Antes todo se hacía de madera, tela, papel, y a veces se improvisaba, refiere. Ahora, si bien se sigue utilizando madera, las estructuras son de metal y a veces se requiere un trabajo de talleres dedicados a la realización de escenografía.
“Ellos la traen, la montan y ya los técnicos de aquí proporcionan lo que es necesario. Una vez que hay que quitarla y volverla a poner en funciones posteriores, ya lo hacen los técnicos de aquí. Y para el desalojo de escenografías, se las llevan a las bodegas del teatro que tiene Bellas Artes”.
Le parece que la ópera, por ejemplo, “era como muy tradicional, era más venir a escuchar la voz que ver el entorno. Ahora parece que se le presta un poquito de mayor atención a la escena, a lo que llena, independientemente de si hay un buen cantante”.
El jefe de Foro de ese recinto cultural se sorprende de que una televisora, en particular, cuando hace un espectáculo, al terminarlo ya no ocupa su material.

En el caso de Bellas Artes, dice, sí se recupera, porque, por ejemplo, lo utilizado en una ópera se guarda y se puede volver a utilizar en un par de años. Esto implica desarmar el material, protegerlo, llevarlo a la bodega y luego traerlo de nuevo, aunque eso va un poco en detrimento del material, que se golpea y hay que repararlo.
Peláez Esparza cree que por cuestiones de presupuesto, los anteriores escenógrafos, como el maestro Antonio López Mancera, diseñaban una unidad que contenía una serie de practicables que podían servir para una temporada de ópera de cuatro o cinco títulos, y lo único que se hacía era modificar desniveles y añadirles, según la época de la escenografía, el decorado: paredes, puentes, barcos, torres, dependiendo de la obra.
Hasta que el cuerpo aguante
–¿Se trabaja bajo mucha presión?
–Sí, sí, sobre todo por los tiempos del escenario. Por ejemplo, los domingos se dan hasta cuatro o cinco funciones, empezando con ballet folclórico, luego sinfónicas, a veces son espectáculos infantiles de una hora, entonces se dan dos funciones de sinfónica o de música para niños; luego viene la ópera, y luego sigue la otra función de folclórico. Entonces, tiene uno que… apúrale, apúrale. Se trabaja a presión en algunas ocasiones; en otras, está un poquito más descansado.
–¿Y ha pensado en jubilarse?
–De hecho, jubilado ya estoy. Me jubilé a los 30 años (de trabajo). Ahora estoy aquí todavía por honorarios y continuamos, como dicen, hasta que el cuerpo aguante, que es preferible ya por la edad y las circunstancias, pues estar en actividad.
Durante la entrevista, Jorge Peláez Esparza tiene a su espalda un anaquel. Y al preguntarle sobre el nivel competitivo que tienen los técnicos de Bellas Artes con respecto a los de teatros principales de otros países, precisamente voltea para buscar una carpeta con documentos.
“No es presunción, pero por acá lo tengo arrumbado… son cartas, diplomas, reconocimientos, inclusive de compañías extranjeras, con agradecimientos”. Y en efecto, en documentos realizados por propia iniciativa, personalidades y compañías agradecen y reconocen el trabajo de funcionarios y técnicos del Palacio de las Bellas Artes.











