Una tropa del virrey De Croix cercó las Casas del Santo Oficio y, el gobernante, para desahogar el caso en su contra, le dio solo 10 minutos al Santo Tribunal de la Inquisición
La imagen ominosa de los azotes, ahogamientos y otras torturas del Santo Oficio, en 1767 se redujo en términos prácticos a la emisión de un actual “usted disculpe”, ante el entonces flamante virrey de Nueva España, Carlos Francisco de Croix, quien logró lo anterior al comparecer seguido de un batallón de “abogados”.

El gobernante había sido emplazado de inmediato por el Santo Tribunal de la Inquisición, debido a su negativa a cumplir con el rito de Miércoles de Ceniza, al dejar plantados a los canónigos en el Real Palacio, según los relatos de Manuel Ramírez Aparicio, en Los conventos suprimidos, y de Luis González Obregón, en Leyendas y tradiciones de la antigua Ciudad de México.
Refieren que el 25 de agosto de 1766 entraba de virrey en Nueva España el excelentísimo señor don Carlos Francisco de Croix, marqués del mismo nombre, de quien las crónicas nos han dejado gratos recuerdos.
Cuentan que fue delicado gastrónomo y algo inclinado al buen vino; pero en cambio, “íntegro y afable”, y nosotros añadiremos, “audaz y enérgico”, pues tuvo gran audacia y demasiada energía para haber llevado a cabo la idea de Carlos III, de expulsar de sus dominios a los miembros de la Compañía de Jesús.
Esto lo verificó el de Croix en México, el 25 de junio de 1767, diez meses después de haber tomado posesión del virreinato, día en que se les notificó a los jesuitas su expulsión.
Pero hay otro hecho, que aunque no tan importante, sí viene a demostrar la justicia que nos ha asistido, al afirmar que el de Croix era hombre «enérgico y audaz», hecho del cual tenemos noticia gracias a la popular tradición, que se encarga de recoger todos aquellos acontecimientos, que desdeña la severa historia.
Fue el caso que, un Miércoles de Ceniza, la entonces capital de Nueva España, la Ciudad de México, se hallaba presa de una desusada agitación.
Los pacíficos y devotos vecinos, que al escuchar el memento homo, etc., se habían dejado tiznar bonitamente sus candorosas frentes, al encontrarse en las calles, unos se preguntaban admirados y otros se respondían sorprendidos, lo que va a saber el que siga leyendo estos borrones:
-¿Sabe vuestra merced (vmd.) la gran noticia? -Hombre, no… ¿qué ocurre? -¡Adivine! -Pero no atino… -Se halla vdm. de veras atrasado de nuevas, y no parece sino que nunca sale de su casa. -Me confieso vencido… pero me muero de curiosidad; ¿qué hay? -Refrene su impaciencia, y escúcheme. -Soy todo oídos.
-Ha de estar vmd. que los señores canónigos fueron, como es costumbre, al Real Palacio, con el santo fin de dar ceniza al excelentísimo señor virrey, pero éste ha tenido el atrevimiento…
-¿De resistirse a tomarla…?
-¡Quia! cosa peor; les ha dado a sus reverencias antesala… un plantón de padre y señor mío…
-¿Y lo han excomulgado?
-No señor: a la media hora de lo sucedido, el Santo Tribunal de la Inquisición le ha emplazado para que se presente ante él, sin pretexto ni demora.
-Y en estos instantes sale de Palacio, agregó un tercer vecino, que sin previos saludos se reunió al grupo.
Era el recién venido, un viejo regordete, más colorado que un camarón. El copioso sudor que resbalaba por su frente, con la cruz de ceniza que en ella ostentaba, le había tiznado hasta la punta de su larga y afilada nariz.
“En efecto -dice un escritor-, los toques de ordenanza anunciaban en Palacio que salía el virrey; salía, es verdad, mas no solo, sino al frente de un batallón completamente armado y seguido de una batería.
“Toda la gente se preguntaba con susto qué objeto tenía aquel aparato: pero la comitiva siguió impávida en dirección a lascasas del Santo Oficio.
“Al llegar, la tropa puso cerco al edificio, y el virrey atravesó con serenidad el patio, subió la escalera y se presentó en la sala de audiencia ante los inquisidores, que con grande autoridad le esperaban sentados en el tribunal. Sus miradas se fijaron a un tiempo en el emplazado con una expresión indefinible que podía significar sorpresa, satisfacción, orgullo y aun altivez.
Pero él, con una calma imperturbable y cierto aire libre y depresivo, como de quien viene a imponer la ley antes de recibirla, sin esperar a que le hablasen, sacó el reloj y tomó la palabra, encarándose al inquisidor presidente.
-Ante todo conviene tener entendido que para esta entrevista, no podemos disponer sino de diez minutos. Vea vuestra señoría lo que tiene que decirme en este espacio, porque si espira antes de que salga a la calle, la artillería que está abocada al edificio empezará a obrar hasta reducirlo a escombros. Por lo mismo creo que a todos nos importa ser breves.
-No cabe la menor duda, excelentísimo señor, aunque es extra ¡lo…
-Bien, pues pasemos al asunto.
-No hay para qué seguir adelante, excelentísimo señor.
-Según eso, ¿la audiencia está terminada?
-Y muy felizmente, porque… Será bien que vuestra excelencia piense ya en retirarse. -Porque quien se presenta a juicio con tantos y tales abogados… -No puede menos de salir airoso; pero, dispensando, suplico a vuestra excelencia se digne retirarse.
-Podemos hablar todavía unos minutos.
-No es menester, y el tiempo es precioso… una distracción…
-Podía sernos funesta… comprendo: Así que…
“Al decir el virrey estas palabras, hizo una ligera inclinación ante el tribunal, y consultando el reloj con presteza comenzó a andar sosegadamente.
“Cuando llegó a la calle y antes de montar en su coche, dirigió una mirada al rededor. La gente estaba azorada esperando con avidez el resultado del juicio”.
La mecha humeaba en manos de los artilleros, y el jefe de la fuerza, inmóvil como una estatua, seguía “con la mirada fija en la carátula de su reloj, los pasos del minutero.
-“A Palacio, se oyó decir desde la testera del carruaje, con un acento que no indicaba la menor emoción y casi en el mismo instante partió el carruaje, atravesando después orgullosamente la plazuela de Santo Domingo”.
Al saber nuestros conocidos el resultado del suceso, que en menos de diez minutos se había desarrollado en el sombrío edificio del Santo Oficio, uno de ellos exclamó:
-Mire vmd. ¡qué caso!
-De hoy en más, no diremos con el «rey y la Inquisición chitón», sino «cañón», agregó otro.
Y el viejo regordete, al limpiar con su inmenso paliacate el copioso sudor que corría por su rostro (era medio día), acabando con esto de tiznárselo por completo, añadió con mucha flema:
-¡Uf… Hoy sí que su excelencia les ha puesto a los señores inquisidores ceniza en la frente…!
Fuentes:
Manuel Ramírez Aparicio. Los Conventos Suprimidos. 1861. Fuente: Leyendas y tradiciones de la antigua Ciudad de México. Luis González Obregón. ps. 80, 81,82 y 83.











