Crónica plasmada en el periódico mexicano semanal durante el porfiriato nombrado El Mundo Ilustrado, en su sección Páginas Femeninas en la que relatan el acontecer de la moda de la época.
La primavera nos vuelve a sonreír, lectoras mías; ya se siente el beso acariciador de la tibia brisa que hace brotar los nuevos retoños en los árboles; y entreabrirse el capullo de las rosas: cantan los pájaros el himno de la juventud, de la alegría y de la esperanza, mientras el cielo tiende su manto de un azul intenso, como si quisiera volver a la tierra de una maravillosa vestidura que la convirtiera en reina de un momento a otro, según sucede a las pobres aldeanillas de los cuentos. El sol prodiga su ardiente caricia sobre los campos y, al contacto de ese beso luminoso, la semilla estalla pletórica de vida, bajo la húmeda tierra; tiemblan de gozo los pétalos de las flores, abriendo tímidamente sus corolas y hasta los viejos troncos de los árboles, crepitan regocijados, como si una esperanza de ventura les devolviese su pasada juventud.

¿No os parece, mis queridas lectoras, que sobrada razón tuvo aquél inmenso poeta cuando hablando por uno de los protagonistas de sus obras, dijo: “amaneció en mi alma el conocerte”? La imagen no puede ser más exacta y evoca en efecto, el deslumbramiento interior que se experimenta en el primer momento en el cual se presiente el amor.
Si habéis encontrado en vuestro camino a esos desheredados de la dicha que, a pesar de haber gozado de mil maneras diversas, ya sea de la riqueza, de una elevada posición y, aún de la gloria misma, no han conocido las dulzuras sin límites del amor, entonces y solo entonces, podréis apreciar, lectoras mías, la diferencia que hay en una alma iluminada por esa luz esplendente y otra que ha vivido en las tinieblas de la indiferencia. Muchos de esos ricos indigentes pasan por el mundo sin haber recibido ni prodigado jamás una caricia de legítimo afecto; acaso porque han confundido sus sentimientos, aceptando el vidrio falso de impresiones pasajeras y de bajo origen como el diamante inapreciable de un verdadero amor. Y estos pobres de ventura, dejan adivinar la miseria, no obstante los esfuerzos que hacer por ocultarla, impulsados, quizá por un sentimiento de vergüenza, como la planta raquítica, se esconde bajo la exuberancia de las plantas frondosas, cubiertas de flores y de hojas; pero el lánguido brillo de su mirada, la contracción irónica de su sonrisa, dicen en voz muy alta: dadme un poco de sol, porque muerto de frío; hacedme sentir el encanto de una caricia, pues sufro de hambre de amar.
Y para estas pobres almas no hay primavera, ni flores, ni frescura; se abrazan de sed en el desierto estéril de la indiferencia. Tengámosles piedad lectoras mías, pues aun cuando es cierto que la vida sensitiva tiene también sus penas, bien pueden decirse aquellas palabras de Bécquer, el poeta por excelencia:
¡Ah! A veces me acuerdo suspirando
Del antiguo sufrir…
Amargo es el dolor; pero siquiera,
¡Padecer es vivir!
Según dije anteriormente a mis lectoras, las “toilettes” de desposadas se distinguen, sobre todo, por su gran variedad y riqueza; pero esa diversidad reside particularmente en la manera de colocar el velo; así pues, hablaré ahora de tan importante accesorio del atavío nupcial. Se usa mucho el velo de finísimo encaje puesto a la moda judía; es decir, sin pliegue ninguno, retenido solamente por las flores de la corona. Otras veces se coloca a la española, haciendo que la acariciadora blonda de seda, encuadre deliciosamente el rostro y en algunas ocasiones, se prende nada más con ramos de pequeñas rosas blancas, llamadas “bouquet” de la desposada, dejándolo flotar hacia atrás como un manto vaporoso y poético. Este último modo de arreglar el velo es encantador y se prefiere en tal caso, tul muy fino, de ilusión o de punto de Aleneon. La única ley que impera es la sencillez, pues de este modo se obtiene el éxito deseado, el cual es, sin duda, la exquisita sobriedad y la pureza de líneas que determinan todas las inspiraciones de la moda actual.

En cuanto a la corona, se observa siempre en su elección la misma regla, nada de agrupaciones voluminosas, simplemente se lleva una frágil guirnalda de azahares o de pequeñas rosas, dejando el peinado en una libertad absoluta a fin de que ostente sus graciosos rizos o sus brillantes ondulaciones. Es digna de lamentar la supresión del velo sobre el rostro, porque este detalle presentaba el atavío de una desposada, la más deliciosa y poética transparencia que pueda haber y, en la actualidad todos los modelos se nos presentan sin velo en el rostro, por lo cual sería de mal tono desviarse de los caprichos imperiosos del “chic” que a veces suele pecar de extravagante. El calzado propio para estas “toilettes”, es de satín o de piel de gamo o de cabra, bordados de seda, oro o plata. Los guantes se usan de cabritilla o de piel de Suecia. Es inútil recordar a las desposadas que se considera de muy mal gusto llevar joyas o dijes, exceptuando las perlas, pues estas tienen un sello inimitable de suprema elegancia y discreción, apropiado por todos motivos al caso en que ostentan.
El traje de “doncella de honor” tiene mucha importancia en la ceremonia nupcial, por cuyo motivo me permito dar a mis lectoras la descripción de algún modelo de estos atavíos. Uno de ellos, muy elegante y hermoso, está confeccionado en seda de color violeta, cubierto por una túnica de muselina de seda en el mismo tono del traje. El cuello y los puños de encaje de Venecia, igualmente que la camisola del escote. En el bajo de la falda lleva una ancha guarnición de este encaje, bordeado en la parte superior por una franja de terciopelo violeta obscuro. Una coca voluminosa de terciopelo, cierra el frente del cuello. Este modelo es muy amplio y distinguido.
En la próxima vez daré a mis lectoras algunas noticias sensacionales sobre los trajes usados para el viaje de bodas, pues se han introducido a ese respecto ciertas reformas de buen gusto, que deben ser conocidas de todas las damas amantes de la discreción y de la elegancia verdadera para arreglar sus atavíos en los diferentes actos de la vida social.
Margarita.
Mundo Ilustrado XVIII, Tomo I, México 19 de marzo de 1911. N°12.
Sección: Páginas femeninas.












