En un recorrido en embarcación, delfines y ballenas se ven a lo lejos, pero es impresionante poder nadar con lobos marinos en este “acuario del mundo”
Baja California Sur.- A 42 minutos al noreste del Trópico de Cáncer, enclavada como un cúmulo de masa rocosa en el Mar de Cortés, está la Isla del Espíritu Santo, una superficie dividida en dos islotes que alcanza en total 80 kilómetros cuadrados.
Se trata de una de las islas más grandes que existen en el país y quizá una de las más ocultas y bellas.

En 2005, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco por sus siglas en inglés) la declaró Patrimonio Natural Mundial de la Humanidad junto a 244 islotes situados en el Mar de Cortés, que en conjunto forman la Biósfera del Alto Golfo de California.
En la declaratoria menciona que las aguas turquesas que se estrellan contra los acantilados y que fueron descubiertas por Hernán Cortés hacia 1534, son un auténtico laboratorio natural.
El célebre navegante y cineasta francés Jaques Cousteau, después de explorar el Golfo de California o Mar de Cortés y de comprobar que más allá de las tierras desérticas e inhóspitas contrasta la riqueza de los fondos marinos, lo bautizó como el verdadero “acuario del mundo”, que se puede avistar apenas asomas la cara al espléndido mar.
En lancha desde La Paz
Seres de diversos tamaños y colores se mueven como pequeñas estrellas que revientan los cristales formados por el agua. El silencio es eterno.
Antes que Cousteau, y unos 10 mil años antes que Cortés, la Isla del Espíritu Santo era territorio de caza de los pericu o pericúes.

Los vestigios arqueológicos encontrados en Espíritu Santo hacen pensar que los pericúes, de quienes se cree fueron descendientes directos de los primeros humanos que cruzaron de Asia a América por el Estrecho de Bering, fueron además de buenos pescadores, fervientes adoradores.
Muestra de ello es una serie de cabezas superpuestas que se encuentran al norte de la isla en uno de los acantilados.
Para llegar ahí, a los bordes del archipiélago, hacen faltan dos horas de viaje en lancha partiendo de La Paz, donde el calor es abrasador.
A cargo de una pequeña embarcación con cuatro mexicanos, un francés y una francesa que medio habla inglés, va Manuel quien, por obra y fuerza del destino dejó su natal Guerrero para encontrar otro mar caliente, más cerca del sueño, ese en el que se ve ganando miles de dólares.
Para sorpresa y agrado de los tripulantes, Manuel habla un perfecto inglés, tan perfecto como su español con acento costeño que suena fuerte cuando cree haber visto un delfín o una ballena en las aguas del golfo de las que ya está enamorado.
Protector ante la furia del mar
Manuel, el capitán, siempre está acompañado por José, un niño de apenas 12 años que funge como oficial de cubierta. Por muy pequeña que parezca, su embarcación, la Baja Mar, está equipada con todo lo necesario para un viaje como este: una fila de asientos laterales, algunos salvavidas, un remo y hasta un bañito a lado de la cubierta.

Por dos mil pesos, Manuel y José llevan a bordo de la Baja Mar a algunos de los turistas que logran captar en el malecón de La Paz hacia la Isla del Espíritu Santo. Aparte de tripulación, la hacen de guías.
A mitad del recorrido, hacia el oeste se alcanzan a ver los senderos de la playa Balandra y la diminuta silueta de un hongo de piedra recompuesto. A un lado pasan lujosos yates, cuya cubierta sostiene cuerpos rojos de tanto sol; del otro, lo que parece son buques de carga. Manuel dice que algunos son petroleros y otros rateros.
Para Manuel el mar es sagrado, así que cuando toma el mando alcanza a decir que lo único que no permitirá durante el recorrido es que, nosotros, los turistas afanosos, saquemos nada, ni del mar ni de la playa en donde embarcaremos luego de nadar con lobos marinos.
Y así sucede, tras avanzar en la lancha a toda velocidad, Manuel nos enseña secretos de Espíritu Santo. Primero, La mujer, que no es otra cosa que un árbol, con forma femenina y frondoso follaje, enclavado en el risco de una de las extremidades de la isla.
Luego nos lleva al lugar donde los pericués rendían honor y tributo a su dios. No podemos bajar, pero a lo lejos, entre rocas desgastadas a golpes de olas, está el rostro o la máscara de ese dios que los protegía -cuenta Manuel- de la furia del mar.
Ante todo eran navegantes, sabían que al mar se le debe respeto, dice, mientras trata de explicar a la pareja francesa que la talla en la roca no es una escultura sino un dios.

Las fallas rocosas permiten imaginar un mundo propio, diminuto y árido que surgió con el estallido geológico que separó la Península de Baja California del macizo continental mexicano.
Los arcos rocosos juegan con el sol y, si se mira a distancia y con cuidado, en uno de los ángulos se forma la cartografía del estado de condiciones adversas y belleza inigualable.
Sorpresa con los lobos marinos
Además de ballenas, el Mar de Cortés, en específico la Isla del Espíritu Santo, es hogar del Otaria flavescens, mejor conocido como lobo marino. Es una especie mamífera que de adulta alcanza los 300 kilogramos si es un macho sano y los 150 kilos, si se trata de una hembra.
Manuel dice que mientras no sean molestados, los leones ignoran la presencia humana en su territorio. Aunque son objeto de las más deseadas fotografías, a ellos lo único que parece importarles son las cálidas aguas del Mar de Cortés, atrapar unos cuantos peces, criar y aparearse.
Pero justo cuando parecemos defraudados por la idea de verlos solo de lejos, Manuel abre uno de los asientos laterales, extrae googles y aletas llenas de agua que se apresura a limpiar y dice algo que luego traduce.

—¿Quién es el valiente? – ríe. La pareja francesa no duda en alistar su cámara acuática y lanzarse al mar
Dudo, pero ¿qué otra cosa es la vida sino esto que transcurre? También me lanzo.
Todo cuanto pueda decirse de ello es obsoleto, pero sé que es agradable y temeroso.
Debajo de nosotros están esas impresionantes criaturas nadando y pescando sin siquiera inmutarse. Algunos se dejan tocar, pero no mucho.
Asusta, asusta sentir la fuerza del agua y el ritmo de la respiración porque si no se controla el aire, se acaba. Asusta que la furia de las olas penetre avasallante por el tubo que, a falta de branquias te mantiene respirando. Asusta que, en un cambio de humor, la criatura magnífica que tienes de frente y debajo enfurezca y acabe con tu lindo recuerdo. La naturaleza es eso: misterio y fuerza; furia y belleza.
Manuel, grita algo que abajo no se escucha. José viene con un salvavidas y jala la mano de cada uno. Es hora de salir, se hace tarde y la comida no aguantará muchas horas bajo el sol.
Unos cuantos minutos en lancha y llegamos a otro extremo, igual de hermoso e inhóspito.

Manuel repite: “No se pueden llevar nada”.
—Ni una concha— dice Agripina, una de las visitantes.
—¡Nada!— revira Manuel y ambos esbozan una sonrisa de complicidad.
Azul, azul…
Manuel preparó ensalada de cangrejo, el recipiente huele a sal de mar, pero el contenido no está frío ni caliente, huele bien y sabe aún mejor. Todos comemos, por primera vez me siento en paz en medio de la nada, a muchos kilómetros de la civilización.
Manuel conduce a quien lo desee a las aguas de la Ensenada Grande, una playa en donde converge la vegetación del desierto y las aguas turquesas del Mar de Cortés, un azul tan erróneamente asociado al Caribe.
Debajo hay ostras, las mismas que durante la conquista fueron saqueadas para adornar con ellas las coronas de las reinas, donde mostraban la perfección infinita de la naturaleza.
El sol está a punto de caer. Es hora de volver, todos lo sabemos, pero nadie quisiera.
Manuel hace los preparativos. Recoge todo, incluso una diminuta basura.
La Baja Mar echa a andar con nosotros a bordo y a medida que el tiempo avanza y el sol cae, las aguas se vuelven violentamente azules. Azules como lo profundo del mar, como lo profundo del alma que ya descansa en alguna parte de Espíritu Santo.












