Desde iglesias, campanadas con toques lúgubres llamaban a autoridades, pobladores y hasta clérigos para tratar de sofocar las llamas con métodos rudimentarios
Un incendio, en la época colonial, era acontecimiento que a los habitantes de la Ciudad de México ponía en alarma y agitación, solo comparables a las que padecían los ánimos de los mismos habitantes por un tumulto, una inundación, un terremoto, la aparición de un cometa o de una aurora boreal, según recoge en Las calles de México, el historiador y cronista Luis González Obregón.

Las campanas de las iglesias y de los conventos cercanos al lugar del incendio, anunciaban el hecho con toques lúgubres. Los vecinos que andaban por las calles contiguas corrían apresuradamente hacia el sitio donde el fuego se levantaba, a fin de prestar auxilio o de permanecer como simples curiosos espectadores.
No pocos de esos vecinos huían espantados rumbo a sus casas; y muchos se contentaban con asomarse a las puertas, a las ventanas y a los balcones, o se subían a las azoteas, para ver desde ellas el fuego y el humo que ascendía al cielo, haciendo flotar en el aire chispas y fragmentos de maderos encendidos, relata en su texto González Obregón.
Rezos solemnes contra el fuego

El incendio ponía en movimiento a las autoridades y a los frailes. Las primeras acudían presurosas para sofocar el fuego. Entre ellas aparecía, a veces, la respetada figura del virrey, los engolillados oidores, el corregidor de la ciudad, que secundaba o dirigía las maniobras, ayudado de los regidores y de las personas de más nota o nobleza.
La guardia de alabarderos (soldados de la época), formada en cuadro, impedía que la gente curiosa se acercase al punto en que los obreros o los vecinos derribaban los techos y muros, o arrojaban agua con cubos o cántaros, a fin de aislar o de apagar el fuego.
Cuando el siniestro era más aterrador, en medio del calor sofocante que ahogaba a todos; cuando las voces roncas por el humo asfixiante apenas podían oírse de los labios que ordenaban o que transmitían los mandatos, entonces se presentaban lentamente los grupos de frailes, que conducían en andas a los santos, patronos de sus órdenes religiosas, o imágenes veneradas por sus milagros; y algunos frailes arrojaban preciosas reliquias al fuego y entonaban solemnes rezos con el intento de apagarlo.
Hubo ocasiones en las cuales no solo acudían las comunidades con sus prelados, sino que también acudió la Estufa del Divinísimo, con sus cocheros de alta alcurnia, vestidos con casacones bordados y descubiertas sus cabezas, que dejaban ver pelucas empolvadas. La Estufa venía precedida de una cruz alta (utilizada en procesiones) y de acólitos con ciriales y seguida de muchos clérigos y frailes.

La Estufa del Divinísimo era una especie de cupé, forlón o carruaje adornado por fuera y por dentro con terciopelo, finos paños y telas, encajes, en fin, muy ornamentado; en 1758 se fundó una cofradía que fungía para servir como cocheros de la Estufa, la cual en ocasiones solemnes era encabezada por el conde de Santiago montado en una mula de silla; si no era el conde quien encabezaba el recorrido, era un oidor o personaje de alto gobierno.
Caída de velas, principal causa
Inútil es decir que, en la mayoría de los incendios, el fuego acababa por consumir todo, apagándose más por agotamiento que por el esfuerzo humano de las maniobras, y que el origen de estos incendios fue, en lo general, una vela que caía en los altares en los templos, en algún oratorio privado o en los nacimientos que se ponían por Navidad.
En los talleres de carpintería era la chispa que inflamaba las astillas, o una chispa en algún depósito o fábrica, ponía fuego a la pólvora, porque durante la época colonial, en las casas, raros fueron los incendios, pues lo vecinos tomaban toda clase de precauciones para evitarlos.
Apagaban las velas y, humedeciéndose los dedos, extinguían el fuego de las pavesas. En las noches, cuando había que velar a un enfermo, colocaban la palmatoria con la vela encendida dentro de una palangana llena de agua; y en las cocinas, al concluir el servicio diurno o el nocturno, las brasas se enterraban con ceniza.
En la Plaza Mayor, que por mucho tiempo estuvo convertida en mercado público, los puestos de comestibles, cubiertos con sombras de petate, y los cajones en que se vendía la ropa, que eran de madera, ardían con frecuencia, como consta por los diarios de sucesos notables, que escribieron algunos curiosos.
Pero en aquella plaza los incendios más memorables fueron producidos de intento por las plebes amotinadas los años de 1624 y 1692, incendios que causaron grandes estragos al Palacio Virreinal, al del Ayuntamiento y a las casas del Marqués del Valle.
Incendios memorables
Las crónicas e historias de la Colonia registran varios incendios que dejaron honda huella en la memoria de los moradores de esta Ciudad de México; y de ellos vale recordar algunos de los más notables.
—El 14 de febrero de 1642, como a las siete de la noche, se inició un incendio, que es el más antiguo y uno de los más voraces que se mencionan en nuestra historia, porque se propagó el fuego en gran parte de las entonces casas de los descendientes de Hernán Cortés, desde el edificio que es hoy Nacional Monte de Piedad hasta la esquina de la calle de Tacuba, y aumentó a causa del viento huracanado que soplaba, pudiendo ser de fatales consecuencias por haber allí un depósito de pólvora, que clandestinamente tenía oculto un contrabandista.
—El 11 de diciembre de 1676, también a las siete de la noche, se incendió la iglesia de San Agustín, mientras se celebraban las vísperas de la fiesta de la Virgen de Guadalupe, y este incendio es memorable, por el pánico y terror que se apoderó de todos los fieles que asistían a la ceremonia religiosa y porque, cuando las llamas devoraban el templo y el humo era más denso, pudo verse desde la calle que un hombre, solo e impávido, penetraba en el interior y, pocos instantes después, salía ileso, llevando devota y respetuosamente la pesada custodia de oro, con la blanca hostia del Divinísimo.

Aquel valiente y devoto caballero fue el célebre capitán don Juan de Chavarría, que dio nombre a una de nuestras más antiguas calles, cuya crónica se publicó en esta revista con fecha 30 de agosto del 2019, bajo el título Historia: dan su nombre a calle por rescatar del fuego la custodia de iglesia.
—El 19 de enero de 1722, el primitivo teatro construido de madera en el Hospital Real de San José de los Naturales, por un descuido del que apagaba las luces, fue presa de un voraz incendio que lo consumió por completo, con gran espanto de los pobres enfermos de dicho hospital, que lamentaron tanto más el siniestro, cuanto que por algún tiempo se vieron privados del auxilio pecuniario que les producía las representaciones del teatro.
Era costumbre en aquellos buenos tiempos publicar “hojas volantes” o láminas con relaciones de lo sucedido en los incendios que más impresionaban a la ciudad.
El cronista Luis González Obregón poseía una de esas curiosas láminas, que reproducía toscamente, pero muy a lo vivo, el incendio de la iglesia de San Juan de Dios, que comenzó a las diez y media del día 10 de marzo de 1766, último de las fiestas titulares que se hicieron al santo.
En el fondo de la lámina se ve la vieja iglesia con su torre a la derecha, y a la izquierda la puerta que daba entrada al hospital, cuyo costado sur ostenta, en el piso superior, dos grandes y enrejadas ventanas. En la plazoleta formada por el templo y el hospital, se desarrolla toda la escena del terrible incendio.
Por la puerta principal salen las llamas y entran frailes y gente con cántaros llenos de agua en cada mano. Afuera, los alabarderos forman el cuadro para impedir que se acerquen los curiosos. Detrás de los alabarderos se ven las camillas de los enfermos y a varios individuos que conducían a otros, cargándolos a cuestas.
Sobre unas andas, y en medio de cuatro velas, San Juan de Dios se disciplina, azotándose las espaldas desnudas. Cerca del santo, un individuo enciende un haz de leña, quizá para arrojar en él las reliquias que era de rigor quemar en tales casos.
En la parte izquierda de este cuadro aparecen soldados de caballería y algunos curiosos que contemplan el fuego, y un perrillo que ladra furioso a un lado de la Estufa que conduce al Divinísimo, detrás de la cual se ven algunos frailes con hábitos y cerquillos y otro grupo de curiosos.
Corona la lámina una custodia llevada por alados angelitos y, a su izquierda, sobre unas nubes, está hincado de rodillas, abrazando un santo crucifijo, San Juan de Dios, como implorando para que el altísimo ponga fin al siniestro.
—El 19 de noviembre de 1784, a las dos y cuarto de la tarde -dice el licenciado Carlos María de Bustamante, historiador, escritor y político que murió en 1848-, “se incendió la fábrica de la pólvora de Chapultepec, y se anunció con una horrible detonación.
“Conocióse luego la causa. El regente de la Audiencia, Herrera, mandó al instante hacer un reconocimiento, del que resultó haberse incendiado la pieza del granero, la cual fue arrancada de cimiento; se vieron arruinadas otras piezas y también algunas de la vivienda alta y capilla, cuyas puertas cayeron al suelo, aun distando del granero considerable distancia.
“De la pólvora incendiada había una parte considerable ya graneada, y otra parte en polvo; de 63 operarios destinados a trabajar en aquella fábrica, 12 quedaron sin lesión alguna, 14 heridos de gravedad, y muertos los restantes en número de 47. Al informar al rey de esta desgracia, se le dijo: que en menos de seis años se había incendiado la fábrica cuatro veces”.
Hasta que llegaron bombas de agua
Finalmente, durante el virreinato vale recordar los dos incendios del Sagrario Metropolitano, acaecidos, uno, el 4 de junio de 1766, y el otro el 14 de marzo de 1796; el primero de poca importancia, no así el segundo, que consumió por completo o dejó carbonizados altares, imágenes, esculturas y otros objetos del culto que había en la iglesia.

Contribuyó a la voracidad del incendio el fuerte viento que soplaba, el cual, abriendo las puertas y ventanas, propagó el fuego por muchas partes, pero solo causó estragos en el interior, pues el exterior del edificio quedó intacto.
Los autores y gaceteros que hablan de los anteriores incendios, se limitan a mencionar como medios para sofocarlos, derrumbes y el agua arrojada con cubos o cántaros, lo que hace suponer que el uso de las bombas no fue sino hasta las postrimerías de la dominación española.
Sin embargo, la Gaceta de México del 20 de junio de 1795, alude a los edificios en que se guardaban las bombas, pues al dar la noticia del incendio del Hospital de Betlemitas, la noche del 26 de marzo, refiere que acudió a sofocarlo “un número asombroso del pueblo, con hachas, barretas, cubos, cántaros y las bombas de agua que se sacaron de sus respectivos depósitos”.











