Francisco Guerrero y Torres fue el arquitecto que, en menos de 25 años, construyó una serie de palacios que dieron origen al título que un viajero inglés impuso a la ciudad

En 1834, un viajero inglés recorrió las calles de la Ciudad de México y tuvo la misma impresión que Bernal Díaz del Castillo, conquistador y cronista español, había tenido tres siglos antes: sintió que estaba atravesando un sueño.
Aquel viajero inglés se llamaba Charles Latrobe. Fue él quien impuso a la capital el título que la acompaña desde entonces -y que muchos atribuyen, equivocadamente, al viajero alemán Alexander von Humboldt-: La Ciudad de los Palacios.

Después de recorrer lo que entonces llamaban “las casas grandes de la ciudad”, de contemplar una veintena de palacios señoriales construidos con rojo tezontle y pesada cantera; de maravillarse con el atrevido alarde de los patios, los arcos, los balcones, las escalinatas de insólita belleza, Latrobe acuñó el término Ciudad de los Palacios en una de las cartas recopiladas en el libro The Rambler in Mexico, hoy prácticamente desconocido.
Referencias de ese hecho lo registran la Guía turística, cultural e histórica para promover a la Ciudad de México, y el libro Ciudad, sueño y memoria, de Pérez Gay, Mauleón y Villasana.
Nadie le dijo a Latrobe que aquellos edificios que lo habían maravillado, y que en 1834, el año de su viaje, no tenían más de medio siglo de vida, habían sido imaginados, creados, proyectados, por un solo hombre: Francisco Antonio Guerrero y Torres.
Fue el arquitecto de moda a fines del XVIII, el artífice que imprimió su propio sello en las casas más importantes de la urbe, y creó lo que podría llamarse el estilo de la ciudad, el código arquitectónico que embelleció como nunca antes a la excelsa Ciudad de México.
En menos de veinticinco años, Guerrero y Torres construyó el Palacio del Condado de Moncada (Palacio de Iturbide), en la calle de Madero; el del Condado de Santiago de Calimaya, sede actual del Museo de la Ciudad de México; el caserón suntuoso de Marquesado de San Mateo de Valparaíso, en Isabel la Católica y Venustiano Carranza, y las espléndidas casas gemelas del Mayorazgo de Guerrero, en la esquina de Moneda y Correo Mayor.

Parece demasiado, pero Francisco Guerrero y Torres tuvo tiempo para diseñar y construir el Templo de la Enseñanza, esa maravilla afiligranada de la calle de Donceles, y para levantar la sublime Capilla del Pocito, una obra única y genial de la arquitectura novohispana.
A este arquitecto se le han llegado a atribuir también la Casa de los Condes de Heras y Soto (esquina de Chile y Donceles) e incluso el regio palacete que en la actual Madero se hizo construir el rico minero don José de la Borda.
Qué cosa más inquietante: un arquitecto trama soluciones aplaudidas durante los dos siglos siguientes, mientras afuera pasan carrozas con mujeres descotadas y pelucas blancas.
Del hombre que construyó el rostro visible de la ciudad no queda, sin embargo, un solo retrato. En un documento del Ayuntamiento se le describe “de cuerpo regular, trigueño, ojos azules y una cicatriz junto a la barba”.

Un contemporáneo suyo, José Antonio Alzate, lo definió como un hombre de “mucho tren y demás ínfulas”. Según la versión de Alzate, el célebre arquitecto se había convertido en un pedante, lo cual no es extraño: solicitado por nobles, obispos, hacendados, mineros y órdenes religiosas, Guerrero y Torres debió poseer una personalidad soberbia y altanera, como la que imprimía en sus obras.
El investigador Joaquín Bérchez asegura que este arquitecto, miembro de una generación de criollos ilustrados en la que, además de Alzate, militaron José Ignacio Bartolache y Joaquín Velázquez de León, inventó alguna vez una máquina para apagar incendios, y formó parte del grupo de estudiosos que fijó la latitud y longitud de la Ciudad de México.
Guerrero y Torres aprendió los secretos de la arquitectura en el estudio de Lorenzo Rodríguez, el hombre que arrancó el barroco de los retablos de las iglesias y lo llevó a las calles. En los últimos años de su vida conquistó el título más alto con que podía soñar un arquitecto de su tiempo: Maestro Mayor del Palacio Real.

Al poner su repertorio al servicio de las construcciones civiles más señaladas de la urbe, sintetizó los sueños, los gustos, las expectativas de un país, de una sociedad.
Charles Latrobe recorrió mucho tiempo después los edificios que Guerrero y Torres había proyectado, y se creyó inmerso en un sueño. Ese sueño sigue latiendo en la Ciudad de México.
Fuentes: Guía turística, cultural e histórica para promover a la Ciudad de México. Ciudad, sueño y memoria. Pérez Gay, Mauleón, Villasana. Ediciones Cal y Arena. México. Diciembre 2013. ps. 81, 82, 83.Cabe mencionar que algunas fuentes, como el Instituto Nacional de Antropología e Historia, difunden el nombre de Francisco Antonio Guerrero y Torres, y otras, como Francisco Antonio de Guerrero y Torres.












