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En el encierro confrontas a tus demonios: Fernanda Trías

Martha Rojas Por Martha Rojas
enero 20, 2021
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En el encierro confrontas a tus demonios: Fernanda Trías
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La escritora uruguaya analiza en sus textos el aislamiento, aun antes de la pandemia de Covid-19. Reedita su novela La Azotea y presenta Mugre Rosa

Si pudiésemos definir la habilidad poética con la que teje sus historias, la palabra que ocuparíamos sería inquietante.

Recientemente, la escritora uruguaya Fernanda Trías, radicada en Bogotá, Colombia, reeditó La Azotea bajo el sello de Dharma Books, una desconcertante novela que desemboca en preguntas tan razonables y profundas como ¿quién soy yo en realidad?

A la par, Trías (Uruguay, 1976), quien también es traductora y “vagabunda” trotamundos, presenta Mugre Rosa, un escrito culminado en 2019, que peca de premonitorio y transcurre en una ciudad castigada por una extraña enfermedad que se encuentra en el aire y que al parecer está relacionada con un suplemento alimenticio que los seres de esa realidad, a veces utópica, a veces cercana, engullen.

Ambos relatos parecen estar marcados por dos puntos cardinales que los atraviesan de extremo a extremo: el quiebre de una psiquis ante un aislamiento a veces paranoide, a veces necesario.

Fotografía: Fernanda Montoro

En entrevista, la uruguaya plantea que la búsqueda a su salida de Montevideo, la capital uruguaya, le dejó saber que todo cuanto podía hallar se encontraba justo ahí, donde ella estaba, solo que hacía falta darse cuenta.

Sin embargo, ella sabe que ese tipo de descubrimientos no son de los que se pueden narrar, hay que aprenderlos.

A través de la pantalla de Zoom, Fernanda se ve relajada, suspira, menea un trozo de su cabello castaño suelto por detrás. Piensa un rato y luego suelta:

“¿Sabes? Lo que pasa con Clara puede parecernos muy cruel, pero como lectores nos damos cuenta de que en Clara hay ternura, hay dolores infantiles, cantidad de dolores en el alma y yo, como autora, no pretendía juzgarla. Creo que como lectores podemos ver que hay otras capas de ella y comienza a ser menos fácil juzgarla”.

Ella afirma que Clara, la protagonista de La Azotea, dista mucho de ser ella, sobre todo por la forma de hablar, porque en el texto sus pensamientos se leen lúgubres; por el contrario, acepta que el compromiso hacia esos personajes equívocos y extraviados nace de la compleja radiografía que se forma cuando exploramos en lo humano la parte del amor.

El amor que puede ser fuente irrazonable de acción y destrucción.    

Trías parece tener una personalidad dulce e inquietante, como las atmósferas que nos guían en nuestras propias búsquedas.

En La Azotea nos adentramos en el relato en primera persona de Clara, una mujer que, a meses de dar a luz, se ve depositada en la soledad de su casa junto a su padre, que también podría ser o quizá lo sea, su amante.

Conforme avanzan las páginas entramos a la psiquis de una mujer que ve, aunque no sepamos cómo, los peligros de un mundo exterior acechándola.

Este peligro inminente parece poner en peligro todo cuanto ama. Por ello Clara se somete a un aislamiento errado, pero voluntario, que le hace comprender que nunca podemos escapar de quienes somos.

Fotografía: Fernanda Montoro

Miedo a perder lo que amas

—En La Azotea se insinúa, si no mal entiendo, que el amor de Clara hacia su padre, e incluso su embarazo, son resultado de una interacción incestuosa ¿qué es lo que define lo que somos?

–Hice mucho énfasis en la parte tabú del incesto, pero cuando comencé a escribirla no era mi interés principal; mi interés era explorar este amor de Clara, que obviamente se va trastocando, que puede ser enfermo. Yo no lo veía como algo tremendo sino como algo que surgía del amor y el amor cuando crece mal, deja un miedo, el miedo a perder lo que amas y hasta dónde se puede llegar por eso que amas.

¿Hasta donde podemos llegar para protegerlo?

—Sin embargo, todo cuanto conocemos sobre la historia de Clara sucede en el terreno de la memoria…

–Esa es la clave fundamental que yo le planteo al lector, para que el lector tenga una interpretación activa, que aporta desde su sensibilidad para terminar la historia. Es el lector quien, desde su sensibilidad, su luz y su oscuridad, debe llenar los huecos.

El hecho de que esté narrada por Clara nos dice que esto ocurre desde la visión de Clara y que nunca podremos tener acceso a otra verdad que no sea esta, pero esta es verdad, es una verdad extraída de sus recuerdos, de la memoria que es un mecanismo poco confiable. Esto es lo que permite tener múltiples interpretaciones.

El encierro nos pone en el límite

—Tanto en La Azotea como en Mugre Rosa, los personajes entran a un estado de aislamiento muy parecido al que vivimos debido al Covid-19, en el caso de la primera su encierro se da de manera voluntaria y en la segunda ocurre por la amenaza existente de un agente bacteriano ¿Cómo registramos los daños de un encierro que parece ficticio y ahora vivimos?

–En el caso de La Azotea, el encierro funciona como una especie de protección extrema. Clara se dice: Bueno, si yo me aíslo completamente del mundo exterior entonces el mundo exterior no puede hacerme daño. Esa es la premisa, una premisa que luego nos damos cuenta que es errada porque entramos en cuenta que no hay ninguna manera de salir ileso de la vida, ninguna.

Fotografía: Fernanda Montoro

Lo que podemos ver en La Azotea es que cuanto más hagamos por mantener afuera lo de afuera y que no nos transforme de ninguna manera, más se va a imponer la realidad y va a entrar con la fuerza de una presa que se rompe. No hay manera de contenerla, no hay dique.

Creo que lo que hace un encierro es acorralar a una psiquis.

Es muy distinto a lo que le ocurre a la narradora en Mugre Rosa, porque ella está constituida psicológicamente por otras cualidades y el encierro tiene otro efecto.

Yo creo que el encierro de la pandemia a todos nos pone contra la pared, en el límite. Ver cómo somos en ese entorno, en ese aislamiento en el que la soledad es extrema y no tenemos otra opción más que confrontarnos a nosotros y a nuestros demonios.

Soledad por gusto, encierro obligado

—Personalmente, ¿cómo te está afectando el encierro?

—Quedó de manifiesto que hay una contradicción muy grande en mi propia personalidad. Por un lado, disfruto mucho mi soledad y en ese sentido, todos los escritores hemos tenido un poco de suerte para encarar este encierro porque no se puede escribir si uno no está en la disciplina de estar frente al escritorio, encerrado, pero hay otro punto en el que me ahogo.

Esa parte en la que puedo resistir grandes cantidades de soledad y aislamiento se confronta con mi parte vagabunda, esa que me llevó a iniciar mi periplo desde Montevideo en 2004 y que no ha parado. Constaté que ese encierro que me gusta, ya no me gustó cuando me di cuenta que no podía huir, que no tenía libre circulación. Es evidente que una vagabunda como yo estaba huyendo. Cuando me di cuenta que los aeropuertos y las fronteras estaban cerradas sentí claustrofobia; me dije: no puedo salir de esta ciudad de este país.

Como laboratorio humano, tanto la pandemia como el encierro nos están enseñando muchas cosas, conflictos sutiles de lo que es ser humano, así que me mantengo atenta a lo que hay dentro”.

Hay un momento de breve distracción, justo cuando Fernanda piensa y habla acerca de todas las cosas que dejó y de todas las cosas que busca.

Fotografía: Fernanda Montoro

Se dice así: “Más de lo mismo”.

Entonces cae en cuenta y me recita una frase de La Ciudad, un poema que Constantino Cavafis debió haber escrito para consuelo y desconsuelo de todos los que pretendemos resolver las cosas marchándonos. 

“Al arruinar tu vida en esta parte de la Tierra/ la has destrozado en todo el Universo”.

Pero como dice el viejo dicho: “el que busca encuentra”, y el que encuentra, duda.

Todos tenemos una sombra

Fernanda piensa en que todas las personas tenemos una especie de sombra de la que nos es imposible deshacernos, pero de la que casi todos huimos. Quizá porque se trata de un demonio enterrado en lo profundo de nuestra memoria.

—Dices que la pandemia nos lleva forzosamente al encuentro de uno mismo porque, en efecto no hay a dónde ir, ¿Cuál es la parte que encontraste de Fernanda?

–Todas las personas tenemos una sombra, me siento cómoda con esa sombra, estoy muy familiarizada con esa sombra; sé cuándo me va a generar conflictos o dolores emocionales, me he dedicado a observar toda esa oscuridad que está en mí y que convive con lo mejor de mí. Cuando me pongo en la piel de cualquier personaje me puedo ver ahí, me puedo identificar, pero sé que proteger termina dañando.

—La Azotea, originalmente salió publicada en 2001¿cómo ve la autora de Mugre Rosa a esa Fernanda?

Esa Fernanda era mucho más difícil en el sentido de que había una cantidad de cosas que estaba descubriendo en mi misma y no tenía las herramientas para existir bajo esa manera.

Fotografía: Fernanda Montoro

Soy una persona introvertida. Cuando era muy joven, tenía 22 o 23 años, esa introversión me llevó a ser completamente antisocial. Escribí La Azotea en la época en la que estaba muy encerrada, no tenía amigos, no me relacionaba con nadie, dormía de día y escribía de noche, a oscuras, con un hilo de luz. Esa experiencia me enseñó que solo hay que aprender a pilotear la nave, saber a dónde llevarla y con qué clima funciona mejor.

Al convertirse en un patrón te llama la atención que la cuestión se repita. No te das cuenta que huyes de ti mismo hasta que te das cuenta de que lo llevas a todos lados; la ciudad, como decía Cavafis, está en uno. Creo que en esas púas geográficas buscaba lo que ya está ahí, todo lo que puedo encontrar ya está. Huía tratando de comprender quién era yo cada vez que cambiaba de cultura, de país, de entorno y veía qué cosas eran las que permanecían.

Trías “huyó” de Uruguay por motivos personales, era una “huida” que pretendía salvarse de los lazos familiares y encontrar todas esas cosas que definen las personas que somos. Al pasar de Francia a Nueva York, de Alemania a Argentina, se dio cuenta que a veces solo era una inmigrante y a veces una migrante extranjera.

Tal como ella recuerda, su conflicto de identidad quedó zanjado en No soñarás flores (Tránsito, 2016), en donde explica que existen algunas cosas que nunca cambian. 

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